Nambija: 33 años después, la montaña aún guarda el silencio de cientos de vidas

Cruces en el sector revelan la magnitud del desastre.

El reciente deslave ocurrido en la parroquia Guadalupe, cantón Zamora, reabrió una de las heridas más profundas del Ecuador. La tragedia de Nambija, registrada el 10 de mayo de 1993, permanece viva en la memoria colectiva, entre cruces, recuerdos y familias que jamás recuperaron a sus seres queridos.

Tragedia

El devastador deslave ocurrido durante la madrugada del 04 de julio de 2026 en la parroquia Guadalupe, donde la fuerza de la naturaleza enterró los barrios Cantzama, Santa Isabel y Guayabal, dejando a más de 13 fallecidos y aún permanecen desaparecidas seis personas, despertó un dolor que jamás abandonó a los habitantes del sur del país. La tragedia evocó el desastre de Nambija, considerado uno de los episodios mineros más mortales en la historia del Ecuador.

Han transcurrido 33 años desde aquella jornada marcada por el luto. La riqueza aurífera convirtió a Nambija en un símbolo de prosperidad durante la década de los ochenta, aunque también dio paso a condiciones laborales precarias y a una explotación minera carente de criterios técnicos. Bajo la montaña convivían la esperanza de encontrar oro y el riesgo permanente de una catástrofe.

El asentamiento minero, ubicado en la provincia de Zamora Chinchipe, a unos 30 kilómetros al este de la ciudad de Zamora y cerca de la frontera con Perú, creció aceleradamente alrededor del mayor yacimiento aurífero del país. Miles de personas llegaron con el sueño de cambiar su destino, mientras las excavaciones vaciaban poco a poco el interior del cerro.

Para 1990, especialistas ya habían advertido sobre el peligro. Las montañas presentaban enormes huecos producto de la intensa actividad extractiva. Aquel escenario aumentaba considerablemente el riesgo de un colapso. Incluso, las vibraciones provocadas por las plantas trituradoras alimentaban la preocupación de técnicos y organismos de control.

La tragedia finalmente golpeó durante la tarde del 10 de mayo de 1993, Día de la Madre. Según informes de la Defensa Civil Ecuatoriana, a las 13h30, aproximadamente 15.000 toneladas de tierra y roca descendieron desde el cerro El Tierrero y arrasaron el barrio Las Brisas. Cerca de 200 viviendas desaparecieron bajo el alud. Muchas funcionaban como acceso directo a las minas, por lo que decenas de trabajadores quedaron atrapados junto con familias enteras.

Las cifras nunca alcanzaron precisión. Los primeros reportes mencionaron alrededor de 80 víctimas mortales; posteriormente, distintas estimaciones elevaron el número hasta 400. La ausencia de registros oficiales sobre habitantes y obreros impidió conocer la magnitud exacta del desastre. Sin embargo, numerosas investigaciones coinciden en que más de 200 personas perdieron la vida y muchas continúan bajo toneladas de tierra, convertidas para siempre en parte de la montaña.

Las labores de rescate enfrentaron enormes dificultades debido al complejo acceso hacia la zona. Mientras familiares aguardaban noticias entre la angustia y la incertidumbre, gran parte del poblado intentaba continuar con la actividad minera, única fuente de sustento para cientos de hogares.

En la actualidad, 33 años después, el lugar permanece marcado por cruces que recuerdan a quienes jamás regresaron. El terreno donde ocurrió el derrumbe constituye un cementerio sin lápidas, donde la naturaleza guarda historias inconclusas y nombres que nunca pudieron aparecer en una lista oficial.

Recuerdos

Los testimonios de quienes vivieron aquella tragedia conservan intacta la fuerza del recuerdo.

Víctor González relató a Diario Crónica que trabajaba en una ciudadela, a unos cuantos kilómetros del lugar del desastre, cuidando e inspeccionando las chanchas (molinos para triturar el material aurífero). “Fue un domingo 10 de mayo. Perdí a muchos conocidos. El cerro bajó de golpe. Ahora únicamente existen cruces porque muchos cuerpos jamás aparecieron, incluso los ataúdes se terminaron en Zamora y Loja. Las familias debían traerlos desde Cuenca o El Oro. Mientras tanto, los cadáveres viajaban hasta Zamora sobre vehículos, cubiertos con una cobija y acompañados únicamente por una vela”.

En cambio, Carmen Carrión apenas tenía 16 años cuando la montaña cambió para siempre la historia de Nambija. “Muchas personas quedaron enterradas y nunca pudieron encontrarlas, mientras, el hospital permanecía lleno de familiares buscando noticias. El patio había pasado a convertirse en una morgue improvisada. Más de 30 cuerpos aguardaban identificación, entre ellos varios niños, era una escena de dolor”.

Por su parte, Sandra Jaramillo también conserva imágenes imborrables. Durante aquellos días prestaba servicios en el Hospital de Zamora. “Ayudé a lavar y vestir a muchas personas fallecidas. Cada cuerpo representaba una historia interrumpida y una familia destrozada”, añadió a Crónica.

José Alvarado recordó en Diario Crónica que trabajaba en Nambija, aunque las vacaciones lo alejaron del campamento justo antes del desastre. “Al regresar ya no encontré a mis amigos. Todos habían quedado bajo la montaña, pese a la búsqueda no pudimos hallarlos”.(I).

33 años después, un deslave sepultó vidas en el cantón Zamora.

En la parroquia de Guadalupe, cantón Zamora, aún permanecen desaparecidos seis personas. En cambio, en Nambija quedaron bajo tierra cientos de vidas.