P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Un connotado biblista, Valerio Mannuci, definía la Sagrada Escritura como “la memoria escrita del Pueblo de Dios”. Según su criterio, la Palabra de Dios recoge los acontecimientos más importantes de Israel que configuran su espiritualidad. El libro de la Sabiduría, escrito en una lengua profana para los judíos, como el griego, en tiempos de la diáspora, habla de Dios, Creador y Providente: “No hay más Dios que tú, Señor, que cuidas de todas las cosas”. Muestra la existencia de un Dios justo: “No hay nadie a quien tengas que rendirle cuentas de la justicia de tus sentencias”.
Subraya el poder de Dios: “Tú muestras tu fuerza a quienes a los que dudan de tu poder soberano y castigas a quienes, conociéndolo, te desafían”. Todos estos atributos divinos confluyen en la imagen de un Dios, humano y misericordioso: “Has llenado a tus hijos de una dulce esperanza, ya que al pecador le das tiempo para que se arrepienta”. Las referencias textuales de este libro enriquecen el deseo del autor sagrado de recordar al pueblo de la existencia de un solo Dios, vivo y verdadero, sabio y paciente frente a la dureza de corazón de sus hijos. Dios salva con su poder. En el corazón de la literatura sapiencial, el autor del salmo 85, reafirma su convicción en Dios, bueno y clemente: “Dios entrañablemente compasivo, todo amor y lealtad, lento a la cólera, ten compasión de mí, pues clamo a ti, Señor, a toda hora”. Para san Agustín, la misericordia es un amor inmenso que salva al ser humano de sus pecados. Nuestra esperanza depende del perdón y de la gracia de Dios.
El mal, para este hombre sabio, va más allá de lo tangible, es consecuencia de la falta de amor a Dios. San Pablo, en la carta a los Romanos, comparte su doctrina trinitaria, ya que es justo y necesario abrirse a los dones del Espíritu Santo, de modo puntual a la sabiduría: “El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”. La profunda doctrina del Apóstol de las Naciones, nos exhorta a escuchar la voz de Dios con un espíritu de fe y humildad. Somos hijos de Dios a través del sacramento del bautismo “porque el Espíritu ruega conforme a la voluntad de Dios, por los que le pertenecen”. Venimos de Dios y estamos con Él.
En el Evangelio según san Mateo, Jesús desarrolla una amplia y compleja catequesis sobre la paciente sabiduría que el sembrador debe tener a la hora de cosechar sus frutos. Él siembra buena semilla en su campo. Sin embargo, un enemigo personal, siembra cizaña. La reacción de los trabajadores interpela al sembrador: “¿De dónde, pues, salió esta cizaña”? El amo, hombre sensato, tranquiliza a los obreros de la viña. Los invita a discernir de una manera serena: “No. No sea que, al arrancar la cizaña, arranquen también el trigo”. Jesús nos invita a actuar con prudencia. El bien y el mal existen en la conciencia de toda persona. El bien que pervive en el corazón del hombre va a triunfar: “Los justos brillarán como el Sol en el Reino de su Padre”.
