El uso del ocio: entre la inteligencia artificial y los saberes ancestrales

Jeamil Burneo

La gran pregunta de la contemporaneidad ya no es cuánto tiempo necesitamos para producir, aprender o trabajar, sino qué vamos a hacer como sociedad y como familias con el tiempo que la inteligencia artificial nos está permitiendo ahorrar. Estamos ingresando en una transformación civilizatoria en la que la educación, el trabajo y buena parte de nuestras actividades cotidianas serán progresivamente asistidas por inteligencias adicionales, capaces de reducir las cargas horarias y multiplicar nuestras capacidades. Si proyectamos que aproximadamente un tercio de la formación educativa pueda desarrollarse mediante nuevas modalidades tecnológicas, tendremos que repensar no solamente los sistemas educativos, sino también la organización de nuestras familias, nuestras ciudades y, fundamentalmente, el sentido de nuestra existencia. ¿Qué haremos con ese tiempo liberado? ¿Estamos preparados para convertir el ocio en una oportunidad de crecimiento humano o terminaremos atrapados en una nueva forma de dependencia tecnológica, aislamiento y fragmentación social? El ocio no constituye un tiempo vacío ni una actividad residual de la economía; es, en esencia, uno de los territorios más profundos de la libertad humana.

La música, las artes, el deporte, la lectura, la contemplación de la naturaleza y la convivencia comunitaria han sido históricamente mecanismos de construcción de identidad, transmisión de conocimientos y cohesión social. Sin embargo, el tiempo libre no garantiza por sí mismo una sociedad más culta, solidaria o feliz. Cuando no existen comunidades organizadas, espacios públicos accesibles ni proyectos colectivos que otorguen sentido a la existencia, el ocio puede transformarse en consumo compulsivo, desconexión, violencia y nuevas desigualdades entre quienes tienen acceso a experiencias culturales enriquecedoras y quienes permanecen confinados a una existencia digital pasiva. La inteligencia artificial podrá resolver progresivamente una parte importante de nuestras tareas, pero difícilmente sustituirá la experiencia humana de compartir, crear, sentir y construir vínculos. La disyuntiva no es tecnológica, sino profundamente filosófica: ¿queremos una sociedad que disponga de más tiempo para vivir o una humanidad que consuma más entretenimiento mientras pierde progresivamente su capacidad de encontrarse consigo misma?

En este punto, la historia de Loja nos ofrece una extraordinaria lección. El historiador lojano Félix Paladines Paladines ha contribuido a interpretar la formación histórica de nuestra identidad, vinculada a los ciclos económicos de la cascarilla, la minería y la agricultura, que durante los siglos coloniales y posteriores posibilitaron la consolidación de sectores terratenientes con capacidad para acceder a instrumentos musicales, libros y expresiones culturales provenientes, entre otras rutas, del puerto de Paita. Aquella cultura del ocio, con sus profundas contradicciones sociales y económicas, dejó una huella en la música, las artes y la sensibilidad que hoy caracterizan a nuestra provincia. La solvencia de determinados grupos sociales permitió que circularan conocimientos, instrumentos y expresiones artísticas, configurando una tradición cultural que trascendió las condiciones materiales que le dieron origen. Sin embargo, nuestra tarea contemporánea debe ser democratizar esa herencia, superando la concepción del privilegio cultural reservado a determinadas clases sociales. La cultura no puede continuar dependiendo de la capacidad económica de las familias, sino convertirse en un derecho territorialmente distribuido.

Nuestros saberes ancestrales contienen una filosofía alternativa del tiempo que la modernidad todavía no ha logrado comprender en toda su dimensión. El ayni, la minga, la reciprocidad, la oralidad y las prácticas comunitarias de nuestros pueblos andinos expresan una concepción de la vida en la que el tiempo no está subordinado exclusivamente a la acumulación económica. Hay momentos para sembrar, cosechar y trabajar, pero también para compartir, cuidar, celebrar, transmitir conocimientos y devolver a la comunidad aquello que hemos recibido. En esa relación entre el ser humano, la naturaleza y la colectividad encontramos una referencia para imaginar el ocio del futuro. No se trata de romantizar el pasado ni de desconocer las transformaciones sociales, sino de recuperar principios de reciprocidad y cooperación que permitan construir una sociedad menos individualista. Mientras los algoritmos procuran captar nuestra atención y convertir cada minuto en una oportunidad de consumo, nuestros saberes ancestrales nos recuerdan que el tiempo también puede ser un bien común.

Desde la planificación territorial, esta reflexión nos obliga a construir ciudades y comunidades que incorporen redes de parques, centros culturales, talleres de oficios, espacios deportivos, huertos urbanos, corredores ecológicos y equipamientos de proximidad, donde el tiempo liberado por la tecnología pueda convertirse en bienestar colectivo. No podemos seguir diseñando ciudades exclusivamente para desplazarnos entre el lugar de trabajo y la vivienda, mientras relegamos la convivencia a los espacios comerciales. Carigán, Motupe, las parroquias rurales y nuestros territorios fronterizos pueden constituirse en escenarios de una nueva planificación del ocio productivo, vinculando naturaleza, cultura, emprendimiento y economía comunitaria. Una política pública de esta naturaleza debería articular universidades, gobiernos locales, organizaciones deportivas, gestores culturales y comunidades rurales, promoviendo actividades accesibles para niños, jóvenes, adultos mayores y personas con discapacidad. El espacio público debe dejar de ser un vacío entre edificaciones para convertirse en infraestructura de convivencia, aprendizaje y libertad.

También debemos preguntarnos qué ocurrirá con las nuevas generaciones cuando la inteligencia artificial reduzca parte de sus obligaciones educativas y laborales. Si no construimos alternativas, estaremos trasladando a las familias una responsabilidad que corresponde igualmente a la sociedad y al Estado. La formación artística, el deporte, la investigación, la agricultura urbana y la recuperación de los oficios pueden convertirse en experiencias complementarias de aprendizaje, fortaleciendo la autonomía, la creatividad y el sentido de pertenencia. La tecnología debería permitirnos aprender más, pero también disponer de tiempo para experimentar aquello que ningún dispositivo puede vivir por nosotros. El desafío consiste en evitar que la reducción de las jornadas de trabajo se transforme en precarización o exclusión, garantizando que los beneficios de la automatización se traduzcan en mejores condiciones de vida y oportunidades compartidas.

El verdadero progreso no será que las máquinas trabajen por nosotros mientras permanecemos indefinidamente conectados a una pantalla; será que la inteligencia artificial nos permita recuperar nuestra propia inteligencia sensible, cultural y comunitaria. La sociedad que no planifique el uso de su ocio terminará dejando ese territorio en manos de los algoritmos y los intereses del consumo. Por eso, la gran tarea de nuestros gobiernos, universidades, familias y organizaciones sociales consiste en comprender que el tiempo libre también es un recurso estratégico del desarrollo humano. Loja, tierra de músicos, pensadores y saberes ancestrales, tiene la oportunidad histórica de demostrar que una civilización no se mide únicamente por lo que produce, sino por la calidad del tiempo que sus habitantes pueden dedicar a vivir, crear y construir comunidad.