¿Cómo era su rostro?

Fernando Oñate

Cierre sus ojos, permanezca en calma unos segundos y trate de imaginar el rostro de Jesús, ¿qué viene a su mente?, ¿está seguro que ese es su rostro?

Basta una simple búsqueda en Internet y podremos encontrar millones de páginas en todos los idiomas, en las que se puede observar el “rostro de Jesús”, por demás está decir que todas ellas son distintas entre sí y aunque todos tenemos la imagen cinematográfica del mesías, no hay una evidencia histórica que nos muestre con certeza realmente como era.  La evidencia arqueológica muestra que a lo largo de los siglos el rostro asociado a Jesús fue adquiriendo rasgos primero griegos, luego romanos, otomanos, europeos y arios, quizá en un afán de apropiarse de la imagen del Salvador. Lo cierto es que los que conocieron a Jesús; los que caminaron con él, nunca lo describieron, nunca realizaron ni simple dibujo, menos un retrato de él. ¿Por qué actuaron de esta manera?.

La razón es simple.  La apariencia de Jesús no es lo importante, lo verdaderamente trascendente es que el Dios vivo habitó entre nosotros y entregó su vida por nuestros pecados, su sacrificio en la cruz nos reconcilió con el Padre y ahora podemos ser coherederos de su reino. Lo importante es que Jesús nos mostró un Dios Padre poderoso, misericordioso, proveedor y sanador, nos enseñó a amarlo sobre todas las cosas, y nos mostró que el amor al prójimo e incluso a los enemigos, es la característica de sus discípulos. Lo importante es que gracias a Jesús sabemos que todo es posible si tenemos fe, que el arrepentimiento es necesario para obtener el perdón de nuestros pecados y que debemos nacer de nuevo para ver el reino de Dios.  Lo importante es que con Jesús nunca caminaremos en tinieblas, que con Él tenemos vida y vida en abundancia, y aceptándolo de corazón como Señor y Salvador, somos acreedores de la vida eterna.

El rostro de Jesús está en todas partes, se puede ver en los rostros de los niños que postergan sus juegos y estudios para tratar de ganarse el sustento, se puede ver en quien sufre una enfermedad incurable y su esperanza se agota, se puede ver en el rostro de aquellos padres sin trabajo que piensan en el sustento de sus hijos, en los abuelos olvidados, en las mujeres maltratadas, en los marginados y postergados; en fin, en el rostro de los más necesitados. Pero nuevamente, lo más importante no es ver su rostro, sino lo que hacemos para llegar hacia ellos, para sanarlos, para calmar su dolor. Jesús nos dice: todo lo que hacen en favor del más pequeño de mis hermanos, lo han hecho por mí. Las oportunidades no faltan, millones requieren de nuestro amor y de nuestra caridad.  Adelante, ¿Qué esperas?