Con la virtud del lapicero

Sandra Beatriz Ludeña

En tiempos como los que vivimos es necesario adquirir ciertas virtudes, no siempre cultivadas, pero indispensables para la subsistencia. El instrumento para escribir nos enseña ciertas pautas para la vida.

Quién no conoce al lapicero, hecho para escribir con alma de grafito. Su inscripción es más profunda de lo que creemos, aunque cuando usamos un lápiz, nuestra intención es lograr borrar los malos trazos y volver a intentar; a pesar de ello, podríamos pensar en un mensaje mucho más esencial, en su papel para la vida.

Si como cuando usamos el lápiz, sabemos que existe la posibilidad de borrar lo escrito mediante una simple goma; así, podríamos pensar que los actos que se escriben al vivir, pueden ser borrados, a través del perdón.

La idea es un tanto análoga a la escuela. Vamos a la escuela para aprender muchas cosas, allí necesitamos herramientas que nos ayudan a vivir esa etapa de crecimiento, así: cuadernos, lapiceros, borradores, pinturitas y otras tantas. Al principio, nos enseñan a utilizar solamente el lápiz, por la falta de destreza en realizar los trazos de la escritura, con la posibilidad de poder rectificar.

Luego después de mucha práctica, aprendemos a manejar lapiceros de tinta espesa, con el cual ya no es posible borrar los actos realizados sobre el cuaderno, por lo que debemos ser más cuidadosos. Siempre existe una posibilidad de utilizar borradores de tinta, pero estos no tienen efectividad absoluta, pues las marcas del error serán evidentes.

Siendo así, la importancia del lapicero es muy honda, sabiendo que asistimos a la vida como a una escuela de aprendizajes. Debemos utilizar mucho, mucho el lápiz, para que las inscripciones puedan ser rectificables. Somos hechos para el error, para que el aprendizaje tome cuerpo en nosotros.

Mientras crecemos, habrá millones de actos y actitudes que serán necesarias rectificar, un simple trazo mal dado podría desfigurar la vida por completo. Al vivir, es necesario asegurarnos de que los actos sean hechos con grafito, con esa alma de aparente superficialidad que solo permite el ensayo y con la hondura de la buena intención.
Esas características en las inscripciones de lo vivido, nos permiten equivocarnos naturalmente. Si uno de mis actos resultó hiriente, es posible que fue sin intención de herir y por serlo así, puedo recurrir a rectificarlo, puesto que nunca lo hice en firme.

Me considero aprendiz, por esto, aún no me atrevo a escribir en la vida con lapicero de tinta espesa, que deje marcas imborrables. Si de mí depende, entiendo los errores humanos y prosigo segura de que fueron hechos con la virtud lápiz de grafito y bondad equivocada. Este es la única forma que conozco de perdonar desde el alma.