Cuarta Historia: “Una pastilla de menta”

SABEL

Desenvuelvo el empaque de una pastilla de menta y recuerdo la marca emocional que me dejó una mujer sabia. A pesar del tiempo transcurrido la pienso con amor. No importa si voy en autobús o si camino a pie, actuar con amor es un buen camino.

Hace unos años atrás, en un viaje corto a la capital, coincidí con una anciana simpática en el vehículo de transporte en el que me embarqué. Resultó buena compañera de viaje.
Acostumbrados como estamos a la indiferencia, me extrañó su gentileza. Al llegar saludó y apenas me acomodé, se presentó y preguntó mi nombre. Ya que vamos a estar juntas por más de diez horas, es bueno que nos tratemos. Yo soy Maríagracia, profesora jubilada, dijo. Tengo sobre los setenta y no soy de la tercera sino de la cuarta edad. Ya no estoy entre los adultos con esperanza de vida, sino en vida con esperanza, afirmó.
Seguidamente, sacó de su bolso un set de pastillas de menta y me ofreció una. Recíbela y piensa con amor, me instruyó. La tomé y dije gracias. Soy Sandra, de profesión: auditora.

Me miró con compasión y dijo, necesitas mucho amor. Para los auditores como para los abogados las cosas no son fáciles. Disfruta de la frescura de tu pastilla de menta y habla con amor. No importa lo que desempeñes en la vida, actúa con amor. Todo será más fácil.

Desde entonces entendí que ser amoroso es interesarse por el otro. Una conversación con la frescura de: “Una pastilla de menta”, es lo mejor.