De seres humanos

Fernando Oñate

Cuando se educa a un niño se le enseña lo bueno, entonces ¿qué sucede con los principios y valores aprendidos que son olvidados o ignorados pocos años después? Basta con revisar las páginas de un diario, mirar televisión, redes sociales o simplemente caminar por nuestras calles, para comprobar un hecho lamentable: la maldad del hombre parece no tener límites.

Nadie se autodefiniría como mala persona. Quizá aceptarían que tienen algún defecto, pero al final se consideran “buenas personas”. Si esto es cierto, ¿por qué nuestro mundo es como es? Cuando llamaron a Jesús maestro bueno, el respondió ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo uno, Dios, poniendo de manifiesto que la maldad del hombre es universal, no depende de su formación, cultura, localización geográfica o grupo étnico, es inherente a los seres humanos, es nuestra condición como especie, es nuestra herencia adámica.

El Señor nos hizo buenos. La maldad del hombre se debe a la ausencia de Dios en su corazón; es el hombre el que tuerce su camino. El hombre ignora a Dios, va tras ídolos que nunca llenan su corazón y se deja llevar por su desmedida concupiscencia. Toda corrupción, engaño, crimen, injusticia o perversión, nacen del peor de los pecados: Ignorar al Dios vivo. Se desecha el primer mandamiento: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.

El Señor nos enseña el camino verdadero, nos exhortada, nos da vida eterna y también nos permite elegir: por un lado, está el camino que lleva a la vida, considerado angosto porque solo puede ser transitado si nos despojamos de todo aquello no es edificante para nuestras vidas; y por el otro, el camino amplio que lleva a la perdición. No hay opción intermedia. Con solo dar un vistazo a nuestro mundo, comprendemos que la gran mayoría opta por la vía “amplia y rápida”. Entonces, no hay lugar para el reclamo: tenemos el país que merecemos, los gobernantes que merecemos, la vida limitada que merecemos, padecemos las consecuencias de nuestros actos. El hombre cosecha lo que siembra.

¿Se imagina como sería el mundo si el hombre pusiese en práctica la palabra de Dios? Indudablemente, viviríamos de nuevo en el paraíso. Todos los males económicos, sociales, morales y éticos de nuestra sociedad serían un vago recuerdo. Cristo es la única solución a la maldad del hombre, lo lleva a una nueva vida, con nuevos deseos, metas e ideales. La gracia de Cristo es la única esperanza para este mundo caído, solo Cristo trae perdón y vida nueva al pecador. ¿Quiere un cambio? Cristo es el camino.