Resucitar para amar

P. Milko René Torres Ordóñez

«De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: Alégrense» (Mt. 28,9). “Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr Jr. 31,13). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar y a participar de la condición de resucitados que nos espera” (Papa Francisco).

El Papa presenta un mensaje lleno de alegría y esperanza, aquel, seguramente, ausente y necesario en la globalidad de hoy. María Magdalena, junto con la Virgen María, viene a constituirse en la primera evangelizada y evangelizadora. San Mateo prioriza el uso del verbo salir para provocar un encuentro saludable y renovador. Hablamos de una mujer, muerta para el mundo, discriminada por sus victimarios, amada por Jesús, bendecida por Dios. Un ser humano con una sobredosis de amor. María Magdalena recibe el saludo que la reconoce como un ser humano renovado, libre, decidido a contar a los discípulos, hombres en su mayoría, la alegría de un nuevo acontecer. Es fascinante entender el significado de la transformación de un duelo en alegría, con un plus efectivo: el consuelo. Solamente quien abre su corazón a la resurrección puede aspirar el aroma de la esperanza. La humanidad entera participa de esta nueva condición. No puedo asegurar que, a futuro, deje de pensar en los efectos naturales y colaterales de esta pandemia. Todos queremos librarnos de este manto que, simplemente, marca un pasado y un presente. Tanto para María Magdalena como para nosotros este entorno resulta agobiante. “Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad”, en palabras de Francisco. La lógica divina no es la del hombre. Sabemos que Dios escribe recto en renglones torcidos. La alegría, que nace del encuentro con quien nos devuelve la identidad no tiene precio. Hay que buscarla, disfrutarla, más allá de una aparente ironía. Nos encontramos en un mundo raro en el que los acontecimientos nos exigen inhalar altos niveles de fortaleza para expulsar elementos tóxicos como la excesiva comodidad, el pansensualismo, la nula voluntad para desinstalarnos, la tendencia a olvidarnos de quienes somos, de dónde venimos, a dónde vamos. Recuperar nuestro ser para nuevos retos. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, somos testigos de cómo vecinos y familiares, con decisión, permanecieron firmes. La resurrección quita el obstáculo para el encuentro con la luz de una nueva aurora.