El género, el sexo y el desdoblamiento en el uso de la lengua

Galo Guerrero-Jiménez

En todo asunto humano son necesarios la reflexión, el análisis ponderado, la interpretación, la inferencia y la creación adecuada de un ámbito hermenéutico-axiológico para que la comunicación sea uno de los efectos humanos más distinguidos y meritorios que tiene toda persona al usar la palabra como “la expresión más propia del yo y de su tensión nunca agotada para entrar en contacto con el tú, (Colombero, 1994) es decir, con el nosotros y con el todo que conforma la naturaleza humana en sus múltiples manifestaciones ante la vida.

Al respecto, Colombero sostiene que “la palabra es el lugar construido por el espíritu para poner en común y confrontar estas interpretaciones (…). Hablar [escribir, leer, escuchar] es insertarse entre los demás en un campo social que frecuentemente preexiste” (1994), y a través del cual es posible el acercamiento existencial y vital para que fluya la vida desde el ser de la palabra que debe, necesariamente, ser vida, y no muerte ni calamidad por la osadía de la ignorancia y de la maldad que todo lo destruye.

En este orden, que importante que es conocer nuestra lengua desde sus múltiples variantes lingüísticas: conocer la gramática, la semántica, la pragmática, la sociolingüística y la psicología, desde el ámbito de los expertos, de los investigadores, de los científicos y de los humanistas que han hecho de la lengua un emporio de grandeza para que en la práctica el ciudadano común y el que tiene la capacidad educativa, cultural, familiar y política para intervenir e influir, pueda hacerlo desde la mejor vertiente de su praxis humanística. Así proceden, por ejemplo, una de las instituciones más respetadas en el estudio de la lengua: las Academias de La lengua de todo el planeta. Y, en el caso de nuestra lengua española, La Real Academia y la Asociación de Academias de la Lengua que, en su Nueva gramática. El español de todo el mundo, nos brindan análisis muy sesudos que deberíamos tomarlos en cuenta para una práctica adecuada, como el caso del uso del género, el sexo y el desdoblamiento lingüísticos, elementos de mayor discusión gramatical en la actualidad.

Al respecto, es necesario saber que género no es igual que sexo. “El género es una propiedad de los nombres y de los pronombres que tienen carácter inherente y produce efectos en la concordancia con los determinantes, los adjetivos… y que no siempre está relacionado con el sexo biológico. Las personas no tenemos género, tenemos sexo. De ahí, que la expresión ‘violencia de género’ sea incorrecta porque la violencia la cometen las personas, no las palabras. En nuestra lengua se debe decir ‘violencia sexual o violencia doméstica, como nos indica la Real Academia Española”. En estos casos, una silla es femenino pero no hembra, un sillón es masculino pero no macho” (Castro, 2020).

De igual manera, no son necesarias las reiteraciones en el uso del masculino y del femenino, como, por ejemplo: los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas, los trabajadores y las trabajadoras, los ecuatorianos y las ecuatorianas, los ejecutivos y las ejecutivas, y etc. de desdoblamientos y desatinos verbales que “junto al machismo, que subordina todo al ser macho, han creado el hembrismo. Y han olvidado lo central, el ser hombre, en sus dos vertientes. El género común es útil, evita pérdidas de tiempo, sintetiza abarcando ambos géneros y ambos sexos: es más económico decir, cuando traducimos el Evangelio, dejar que los niños se acerquen a mí que decir ‘los niños y las niñas’” (Castro, 2020). O decir, con elegancia, “Al niño hay que cuidarlo y respetarlo siempre”; se entiende, pues, que la referencia es a niños y niñas.

Como podemos darnos cuenta, estas piruetas lingüísticas no son otra cosa que circunloquios y sustituciones inadecuadas que resultan empobrecedoras, artificiosas, altisonantes y hasta ridículas y grotescas porque destrozan la economía y simplificación del lenguaje como criterios básicos para una adecuada comunicación.