El hombre de los cartelones

Sandra Beatriz Ludeña

En estos tiempos, en que vivimos la cultura de la información digital, el hombre de los cartelones es la figura estereotipada de esperanza. Aunque, la fotografía del hombre de los cartelones tanto antes como ahora, es preparada con filtros, dándole un toque inmaculado; los publicistas hacen un buen trabajo y los que saben de comunicación política, trasmiten su mejor mensaje. Pero las cosas ya no terminan allí.

La realidad ha cambiado, los electores ya no son tan crédulos y quizá, tampoco manipulables como en el pasado. Lo cierto es que, en época electoral hablar de democracia es algo complejo y más en la era digital.

En realidad, hoy que la dinámica del poder ya no es el producto del azar, sino que es el producto del conocimiento y las comunicaciones. Una revolución que ha transformado a los seres humanos y su realidad, pues hay nuevas relaciones de poder en todas las esferas de la vida, y hay nuevos criterios de verdad y valores.

Pero ¿qué en realidad significa “el hombre de los cartelones”?, ¿cómo interpretar la política práctica? Ahora lo explico.

Desde una perspectiva anticuada, el hombre de los cartelones es un ser sobrenatural, un líder eterno, un caudillo superdotado. Nada más alejado de verdad, porque tanto electores como líderes son solo seres humanos.

Hoy que la opinión pública ha cambiado de estructura, porque esa conversación de la gente sobre asuntos de interés general, ha franqueado los límites de lo público y privado. Lo digo así, porque hoy, cualquier incidente minúsculo de la vida privada de un personaje es de interés público y no hay política pública importante que no atienda lo cotidiano.

Erradamente, hay quienes creen que hacer política en esta nueva realidad es enviar correos electrónicos, usar trolls para ensuciar las campañas, inundar las redes con mentiras y así una serie de estrategias de baja gama; sin percatarse que los electores no se comen el cuento, que hoy el ciudadano es más informado porque la internet ha roto todas las barreras.

Se acercaron las distancias entre el emisor del mensaje político y los receptores. Lo que es más sobresaliente, esos mitos que disfrazaban los delirios de grandeza del líder, del hombre de la foto en el cartelón, ha quedado al desnudo, ha sucumbido ante la inmediatez de la información.


Por todo lo manifestado, el hombre del cartelón no puede ser otro, que el que está preparado con experiencia, conoce las más diversas disciplinas, trabaja en equipo, pone en cuestión de manera permanente sus propias hipótesis. El que estudia con estadística las probabilidades de la realidad y comunica su posición para transformar esa realidad. Así el hombre del cartelón ya no es solo el que sabe posar para la foto.