Nuestro homenaje al amigo Eduardo Ruiz Luna

A propósito de la celebración del día del amor y la amistad reflexionamos, frente al predominio de la sociedad de mercado, en la cual el consumo ocupa el lugar del valor supremo, para volvernos individualistas a un paso de la indolencia, nos preguntamos, corazón adentro, si todavía es posible cultivar la solidaridad para interesarse por algo más que el lucro y los éxitos banales, como es lo más bello que le puede suceder a los seres humano, la amistad. Ben Jelloun, autor del libro: “Elogio a la amistad” nos dice, algo que bien podría ser una lección de vida: “Considero que un amigo es alguien que no miente, no finge y habla con sinceridad con la franqueza que requiere la amistad verdadera. Eso es lo que llamo exigencia amistosa: decir lo que se piensa, obviamente sin herir”.

Consideramos que la amistad en nuestro tiempo si es posible, acción que nos conduce a la práctica de la lealtad y fidelidad de un amigo que es la nobleza pura, es decir quién es exigente, es a la vez tolerante, su generosidad es inteligencia, se opone al capricho fortuito del otro. El amigo fiel es condescendiente a todo. Ser el amigo de alguien o tener uno, es una gran cuestión de fe que empieza en sí mismo, de ahí nuestra extrañeza a su abundancia, que exige heroísmo. A nuestro modo y manera rendimos nuestro homenaje al eterno amigo que se encuentra cantando en el cielo, digo el Señor Eduardo Bolívar Ruiz Luna.

Eduardo Bolívar Ruiz Luna fue un hombre: íntegro, sencillo, humano, servicial, humilde, firme, flexible y cariñoso. Sus amigos le decían Eduardo: “lechuzo”. El trataba a todos por igual. Su sonrisa rompía los hielos más duros. Dotado de un natural instinto, ayudado por su paso por el arte, la música, la creatividad, la radiodifusión, resolvía difíciles conflictos con una sencillez pasmosa. Pero hay una faceta que es la que se nos hace más patente cuando lo recordamos (y es compartida por todos sus amigos): tenía un sentido del humor exquisito. Las reuniones de trabajo eran interrumpidas frecuentemente por bromas y carcajadas. Se trabajaba bajo gran tensión, pero en un ambiente muy alegre.

Sí, ha viajado al cielo un humanista, de esos que poco se ven en una sociedad, un hombre que siempre pensó en lo social, en la equidad, en el sentimiento humano, en la fraternidad, en el querer y en el actuar, en la importancia de los valores humanos como parte fundamental de pensamiento, y del proceder hacia y de la gente. Un hombre que vio al individuo como parte fundamental de un todo social, eso sí, de grandes valores, de grandes respetos y de grandes responsabilidades hacia los demás.

Gracias mi querido amigo Eduardo Bolívar Ruiz Luna por enseñarnos que la amistad posee también virtudes más operativas, es bálsamo para la aspereza, compañía en la soledad, ternura en la dureza, silencio cómplice entre la verborrea habitual, contemplación del paisaje humano, loción sedante para el insomnio, vigilancia en el letargo, estimulo en la depresión, contención en el desafuero, aprendizaje de compartir sin competir, armonía en la disidencia. Gracias por enseñarnos que el cultivo otorga sabor a lo que somos y hacemos, por encima de dificultades y perplejidades y con nuestro empeño e ilusión haremos posible que la amistad sea fuente de fortaleza, imagen de madurez para la vida, gracias Eduardo Bolívar Ruiz Luna, por confiar en Campolin y sus sueños de la Patria Grande, sus canciones, su historia e identidad de los pueblos, así la programación radial: “Nuestra América” el nuevo encuentro con la música popular y folclórica de los pueblos, gracias, como bien dice Alberto Cortez en su canción “a los amigos se les adeuda la ternura, las palabras de aliento y el abrazo, y también se les adeuda la paciencia de tolerar nuestras espinas más agudas, los arrebatos del humor, las negligencias, las ansiedades, temores y dudas”… Eduardo Ruiz Luna, que hoy está en el cielo. Así sea