Memoria indestructible

Benjamín Pinza Suárez

Dos figuras universales, dos memorias indestructibles: José Martí y Eloy Alfaro. Han pasado 107 años del vil asesinato de uno de los mejores ciudadanos que ha tenido el Ecuador: don Eloy Alfaro Delgado, pero sus ideales siguen intactos. Este gran ciudadano luchó por una patria justa, equitativa, humanista y  solidaria. La Revolución Alfarista se constituyó en el pilar fundamental donde se asienta la profunda vocación democrática de los ecuatorianos. Rememorar y condenar su cruel asesinato, es glorificar su vida para recuperar sus ideales, su lucha y sus convicciones transformadoras. Alfaro nos legó un sentido distinto de lo que significa ser patriota y ciudadano. Impulsó un sistema educativo laico con la creación de los Normales para formar maestros; lideró procesos de unidad nacional; nos dejó un sistema ferroviario para desarrollar el comercio interno y combatir el aislamiento de nuestros pueblos. En tan solo 7 años transformó la Patria.

Eloy Alfaro fue enemigo de la doctrina Monroe impulsada por Estados Unidos para someter a nuestros pueblos a un coloniaje atroz y, además, fue partidario de un proceso de integración continental que haga respetar la autodeterminación de los pueblos, liberándolos de todo tipo de injerencia extranjera y respetuosa de la soberanía de cada nación. Abrió camino para las artes y las ciencias; liberó a las mujeres dándoles derecho a laborar en la función pública  y a que tengan acceso a la educación, a la vez, otorgó libertades y derechos a los campesinos, montubios, cholos y negros.

Alfaro no es una estatua inmóvil, es un ser vivo que habita en la mente de los ecuatorianos que hace algunos años atrás lo declaró como el Mejor Presidente de todos los tiempos. En los siglos XIX y XX se dio el primer movimiento de carácter popular en la lucha contra las estructuras coloniales y el Estado oligárquico y con ello se forjó la Revolución Alfarista que fue- lamentablemente- traicionada, cuya traición nuevamente puso el Estado en manos del poder plutocrático, oligárquico y burgués que se oponían a que Alfaro amplíe los derechos a los ciudadanos, que modifique la propiedad de la tierra y no permita la  injerencia del capital financiero en las finanzas públicas. La Revolución Alfarista es un punto de ruptura en una jornada de siglos por construir una democracia profunda. Esta es una fecha de gran reflexión para identificar a los poderes fácticos que, tal como hoy, impiden la construcción de un orden más humano y justo.

Alfaro buscaba construir un Estado moderno, soberano y con bases en el poder popular, pero llega al poder Leonidas Plaza en 1901 y lo primero que hizo es traicionar los ideales Alfaristas y tranzar con los terratenientes, con los banqueros, con parte de la iglesia, usando para ello la fuerza y la prensa. Para ellos, Alfaro  era un peligro por ser un político no manipulable, por ser un verdadero patriota, con firmeza ideológica y política y por su firme compromiso con las bases sociales. Cuando  Alfaro regresa de Centroamérica, en calidad de mediador, para evitar un nuevo desangre por la pugna del poder, es apresado en Guayaquil y es llevado a Quito en el mismo tren que construyó para ser expuesto ante una turba agitada por la prensa y los sectores reaccionarios. Alfaro es arrastrado por las calles de la capital e incinerado en El Elejido el 28 de enero de 1912 junto a su hermano Medardo y demás luchadores populares; pero la historia no perdona y ha señalado con el dedo a los autores intelectuales de este horrendo crimen: Leonidas Plaza Gutiérrez y Carlos Freire Zaldumbide.