El perdón, amor oblativo

El amor y el perdón tienen una íntima relación. No puede existir el uno sin el otro. Quien ama, perdona. Quien perdona, ama sin límites. En las páginas de la Sagrada Escritura, desde el libro del Génesis hasta el Apocalipsis, este binomio sagrado está presente como una columna vertebral que sostiene nuestra esencia cristiana.

En el contexto del Antiguo Testamento nos encontramos con muchos relatos en que Yanveh, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, es muy cercano. Dios, es caracterizado con varios nombres: Adonai, Elohim, Yahveh. Por su cercanía al hombre los diversos autores sagrados lo han presentado mediante antropomorfismos. Dios camina, castiga, habla, es histórico y providente. Sin embargo, el atributo divino que prevalece, por encima de todos, es su decisión de amar. Dios es amor, misericordia, perdón, justicia, santidad. Los profetas definen a Yahveh como el Dios que ama hasta el extremo. Dialogante y sensible. Recuerdo el pensamiento de un filósofo que hablaba de una “debilidad” de Dios: su amor por el hombre. En la literatura poético-sapiencial, el amor divino se entiende desde el concepto teológico de su sabiduría. El sabio ama todo cuanto ve y siente. En el ámbito del Nuevo Testamento, Jesús es la plenitud del amor. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo por nuestra salvación. La misión de Jesús, el anuncio del reino de Dios, es perennizar el Evangelio, la Buena Noticia. Del costado de Jesús, clavado en la cruz, brota agua y sangre. De sus labios surgen palabras de amor y perdón. Siete confesiones de amor. La escena joánica al pie de la cruz, cuyos protagonistas principales son el Discípulo Amado y María, madre y mujer. La Iglesia es una comunidad de fe, culto y amor. Toda esta amplia visión panorámica del amor y del perdón en la historia de la salvación reafirman su importancia.

La dirección espiritual, aliada de la psicología, es el signo más claro de una terapia interior, útil al hombre y a la humanidad. Mi experiencia reciente, en la búsqueda de una sanación integral es muy valiosa.  La ciencia y la fe, en este sentido, van de la mano. Errar es humano, perdonar es divino, reza un conocido adagio popular. Cuántas heridas interiores heredamos. Necesitamos sanar dolores, eliminar rencores, llenar muchos vacíos, carencias afectivas profundas que nos quitan la paz interior. Nuestro mundo ha olvidado e ignorado la necesidad del perdón. No habla de él. Muchas guerras, a lo largo de la historia, han cerrado su círculo con el abrazo que lleva al perdón, con la palabra justa, y la respuesta necesaria. “Cualquier persona de buena voluntad, deseosa de trabajar en la edificación de la civilización del amor tiene que hacer propia esta máxima: “ofrece el perdón, recibe la paz…sé bien que en muchas ocasiones es difícil perdonar y tal vez parece hasta imposible. Pero es el único camino, ya que cualquier venganza y violencia llama a más venganza y violencia. Es menos difícil perdonar cuando se es consciente de que Dios no se cansa de amarnos y perdonarnos” (San Juan Pablo II).