La ventana rota

En 1969 un profesor de la Universidad de Stanford llevó a cabo un interesante experimento social. Seleccionó dos vecindarios de características diametralmente opuestas: el Bronx, que en aquella época era peligroso, conflictivo y lleno de delincuencia y Palo Alto en California, un vecindario de estrato económico muy alto, tranquilo y seguro. El experimento consistía en abandonar un vehículo nuevo, impecable en cada lugar. Como era de esperarse, en el Bronx, 10 minutos bastaron para que el vehículo empiece a ser desvalijado, a los tres días poco quedaba. Por su parte en Palo Alto, el vehículo permaneció intacto durante una semana, entonces, los investigadores decidieron intervenir, lo golpearon un poco y destruyeron una ventana, dándole un aspecto deteriorado. A partir de ese momento el fenómeno observado en el Bronx se repitió en Palo Alto con igual celeridad.

La teoría de la ventana rota manifiesta que, si una ventana rota no es reparada, al poco tiempo las demás ventanas también estarán rotas, pues el aspecto de abandono, de descuido mueve a personas desaprensivas a continuar con el daño iniciado. Esta teoría puede aplicarse fácilmente a diferentes aspectos de nuestra vida, puesto que cargamos con ventanas rotas, que tardamos en reparar y al no hacerlo el daño es cada vez mayor. Se puede empezar con una pequeña mentira y al poco tiempo no se puede parar de mentir, algunos inician con solo un cigarrillo y sin darse cuenta ya no pueden dejarlo, todo inicia con una canita al aire, como coloquialmente se dice, y de pronto una canita ya no es suficiente. Nuestra naturaleza humana nos inclina hacia lo indebido, es fácil dejarse llevar por lo que no edifica. Lo cierto es que nuestros actos traen consecuencias.

El apóstol Pablo reconocía que “Eso mismo sucedía con nosotros antes de que viniera Cristo. Éramos como niños; éramos esclavos de lo aceptado en este mundo. Sin embargo, cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley. Dios lo envió para que comprara la libertad de los que éramos esclavos de la ley, a fin de poder adoptarnos como sus propios hijos” (Gálatas 3). Cristo pagó el precio y ahora somos libres, con Él ahora somos hijos, podemos dejar atrás todo

lo que nos ata pues “El Señor volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7).

Para reparar esa ventana rota que atrae calamidad a nuestra vida, se necesita arrepentimiento genuino y recibir a Cristo en el corazón, todo lo demás corre por su cuenta.