Recordando aquellos tiempos

Efraín Borrero E.

En los inicios de la década del 60 la ciudad de Loja contaba con aproximadamente veinte y seis mil habitantes. Una urbe pequeña y plácida con su hermoso entorno de diferentes tonos de verde. Casi todos nos conocíamos. Algunas reglas de cortesía y respeto se conservaban, como saludar y ceder el rincón de las estrechas veredas a las damas y a los mayores.

Vivíamos con relativa calma. El relajo estaba a miles de kilómetros de distancia por el conflicto político entre los bloques de Estados Unidos y la Unión Soviética, en la llamada Guerra Fría. Nosotros tranquilos, allá los peleones. Nada de delincuencia, pandillas, sicarios ni amotinamientos en la cárcel.

La cárcel de Loja –  llamada hoy Centro de Rehabilitación Social – era muy singular. Su vieja edificación situada en la intersección de las calles Bolívar e Imbabura pasaba inadvertida para los transeúntes. La Policía Nacional manejaba muy bien el control y las responsabilidades que había asumido. El Sargento Matamoros, en su pequeña mesa de trabajo, al pie de la puerta principal, autorizaba el ingreso de las personas. Conocía a todos los del barrio, diariamente saludaba atentamente con don Luis Arroyo.

El Cabo Navarrete llevaba un cuaderno de apuntes para establecer el comportamiento de los presos – hoy llamados PPL – señalándolos de la siguiente forma: con negro, los que no tenían componte; con rojo, los que estaban en observación, algo así como en el limbo;  y, con azul, los que se habían portado como hijos bien educados, quienes se hacían  acreedores al premio o  recompensa consistente en  salir por las calles aledañas, hasta el mercado central, con una canasta grande para recibir el favor de la gente solidaria que se hacía presente con víveres y dinero. Claro está, siempre escoltados por un policía con escopeta al hombro.

Para entonces ya se había fundado la Clínica San Agustín, el 28 de agosto de 1959, primera institución de salud privada en la provincia de Loja, gracias al impulso de doña Virginia Witt de Rodríguez y sus hijos:  Eduardo José, Máximo Agustín, Ernesto, Virginia y Vicente Rodríguez Witt.

Recuerdo la noche del 18 de marzo de 1962 cuando una multitud de gente se aglomeró al pie de esa casa de salud para conocer detalles del inesperado y trágico fallecimiento de “mi doctor Pepito”. La conmoción social por el infausto suceso fue la respuesta al cariño y admiración que la sociedad lojana profesaba a tan ilustre galeno.

El deceso de Monseñor Juan María Riofrío, Sexto Obispo de Loja, el 24 de junio de 1963, también causó consternación. Su larga y catastrófica enfermedad limitó el ejercicio de su función pastoral en los últimos años. Dedicó sus mayores esfuerzos a mejorar las condiciones de vida de la gente pobre. Una de sus más importantes luchas fue apoyar la organización de cooperativas de vivienda. Hombre carismático que fácilmente se ganaba la simpatía de la gente.

Con nuestro uniforme de gala, los estudiantes de la Academia Militar “La Dolorosa” nos turnábamos para la guardia de honor junto al féretro.

Las farmacias eran pocas: la Del Pueblo, de los hermanos Puertas; la de don Víctor García; la de Carlos Jaramillo y la de Vicente Puertas. Las madres de familia tenían en casa sus propios menjunjes y remedios caseros para curar de todo con esas bellas y mágicas manos. La bolsa de agua caliente y el mentol chino para golpes y dolores musculares; el aguardiente alcanforado y las ventosas con vaso de cristal y vela encendida para el malestar estomacal; el café caliente para el dolor de oído; y, la timolina, considerada la “mano de Dios”, para bajar la fiebre y sanar todas las demás dolencias, eran parte de sus inseparables “medicinas”.

Los problemas dentales estaban a cargo del recordado Dr. Luis Felipe Guarderas quien, con su taladro mecánico alemán, operado con el pie y accionado a través de unas ruedas, hurgaba las muelas hasta dar con el mal. Fue un dentista eficiente y no necesitaba contratar un pedalista como algún otro lo hacía.

En esa década se instaló en Loja el servicio telefónico automático urbano, a la cola de otras ciudades del país. En las casas y oficinas lucían los teléfonos de discado. La serie numérica era de tres cifras para llamadas; por ejemplo: el “Pájaro” Vásquez, 321; el “Toro” Tello, 433; y, la “Foca” Armijos, 342. Obviamente se produjo el fenómeno “telefonitis” porque la gente llamaba por todo y para nada. Inicialmente el servicio era local hasta que en 1969 se implementó el de discado directo nacional.

El 15 de febrero de 1961 se constituyó la Cooperativa de Transportes Loja, con 38 socios fundadores. El primer viaje cubriendo la ruta Loja-Quito, en un tiempo aproximado de 22 horas, fue en el año 1971. Lo pasajeros necesitaron un tiempo igual para recuperarse en cama. Orgullosamente, esa empresa de transportación interprovincial de pasajeros y carga es hoy la más grande del país.

El surgimiento de la televisión en Loja nos hizo soñar en nuevas realidades. Empezó a transmitir su señal como Canal 4 en 1968. Presley Norton, promotor de la creación varios canales locales en el país, y al que conocí en circunstancias especiales cuando la construcción del poliducto La Libertad – Manta, motivó a Walter Jaramillo Zarie, quien trabajaba en el ámbito de la radiodifusión en Guayaquil, para hacer realidad ese emprendimiento televisivo. Desde hace algunos años funciona como UV Televisión.

Tantos recuerdos de aquellos tiempos que en mi memoria perduran, algunos impregnados de gran carga emocional: mis padres, mi juventud, mi vida estudiantil y mis amistades que no olvidaré.