Recordando aquellos tiempos II

Efraín Borrero E.

Con Jamil Mahuad y un grupo de apreciados amigos y amigas, viajamos a los Estados Unidos de América, en septiembre de 1966. Fuimos invitados para representar al Ecuador en el Festival Internacional del Banano que anualmente se realiza en la pequeña ciudad de Fulton, estado de Kentucky, y mostrar nuestras tradiciones folclóricas; es decir, nada más ni nada menos íbamos como artistas bailadores.  

A eso se debió, seguramente, que el Vicecónsul en Guayaquil nos concedió la visa gratis y estampó en nuestros pasaportes un sello rectangular con espacios en blanco para llenarlos a mano; pasaportes escritos con puño y letra de la secretaria de la Gobernación, dejando constancia que: “es válido para viajar a los Estados Unidos de Norte América, como a los demás países americanos y europeos”, entendiendo claramente que no servían para viajar al África, Asia ni Oceanía, menos a los países de la órbita comunista.

En Guayaquil nos embarcamos en el cuatrimotor de Ecuatoriana de Aviación. Allí se unieron otros “artistas” de varias provincias. Seguro que en el avión viajaban algunos pasajeros con gratuidades, aquellas que, sumadas a centenares a lo largo del tiempo, a la postre quebraron a la empresa.

En el trayecto confesé a Rosa Lucía Valdivieso y Lucía Aguirre mi inquietud: en Loja producimos yuca de la buena y apenas tenemos una que otra planta de plátano, cómo así nos tomaron en cuenta para un festival bananero. Si algo me preguntan soy capaz de decir que la hacienda “La Clementina” queda en Loja. No se van a dar cuenta, les dije. Deja que fluyan las cosas, me respondieron.

Llegamos al destino luego de recorrer varios estados. Nos recibieron y trataron de maravilla. Allí conocimos que en Fulton no se producía una sola mata de banano. El hecho cierto es que cuando el cargamento de banano proveniente de América del Sur, llegaba a Nueva Orleans y desde allí lo enviaban a Canadá por ferrocarril. Fulton era una especie de “tambo” ya que estaba a mitad de camino y tenía una gran casa de hielo que servía para refrigerar la fruta y volverla a cargar en los vagones. Así es como se les ocurrió denominarse “Capitolio del banano del mundo” y realizan el festival todos los años. Me quedé tranquilo.

A nuestro retorno me encuentro con la novedad que han desaparecido del armario de madera del despacho del Gerente del Banco Central, algunos fajos de billetes. Una señora considerada la “dura”, nerviosa y sudando de indignación, contó cada billete para establecer el faltante en sucres y reportar a la policía que ya había “tomado procedimiento”. Los involucrados: dos empleados de ínfima categoría salarial y de absoluta confianza que lamentablemente se dejaron tentar por satanás. Algún funcionario había expresado: en “arca abierta hasta el justo peca”, refiriéndose a la fragilidad de la seguridad.

Ese sábado fui a saludar a mi gran amigo Carlos Ávila, un zarumeño refinado al hablar, conversador de primera, gentil y caballeroso, yerno de don Ángel Benigno Salazar. Barcelonista a morir, como muchos otros en nuestro medio. Los emelecistas también eran un número considerable. Fue un fenómeno social que incidió fuertemente entre los aficionados del país, a partir de 1957 que tuvo origen el campeonato nacional de futbol y en el que los dos equipos de Guayaquil se disputaban la supremacía.

Hablamos de todo. Comentó que hace pocos días se había producido un relajo de grandes proporciones entre “Chinos” y “Cabezones”, durante el congreso nacional de la FEUE desarrollado en el Teatro Bolívar. Parece que el grupo “Atala” provocó la “puñetiza”.

Nosotros, en nuestra promoción de estudiantes universitarios, nos llevamos magníficamente bien, poniendo de manifiesto el respeto mutuo, más aún que nuestros  sobresalientes maestros: Juan Cueva Serrano, Rubén Ortega Jaramillo, Juan Francisco Ontaneda, Miguel Ángel Aguirre, José Miguel y Alfredo Mora Reyes; Marco Aguirre Apolo, Manuel Aguirre Asanza; Jorge Hugo Rengel, José María Vivar Castro, Ernesto Rodríguez Witt, Tomás Aguirre Ruiz, José María Bermeo, Carlos Armijos, Enrique García, Francisco Peña Celi, Jorge Suárez Burneo y Pepe Sánchez, fueron guía de valores. No recuerdo que se haya producido algún inconveniente por diferencias políticas o ideológicas.

Tuve la dicha de ser presidente en el sexto curso y me viene a la mente el telegrama que el Presidente Velasco Ibarra me dirigió en respuesta al requerimiento de rentas para la universidad: “Atento saludo. Aprecio a la juventud y siempre la estimulo. La falta de fondos es total en el momento, no hay siquiera para aumentar sueldos profesores. Hay 19 profesores Colegio 24 de Mayo de Quito que trabajan gratuitamente porque no hay fondos para pagarles. Presidente Velasco Ibarra”.

En medio de la conversación observé que ingresaban al Hotel Central de Pablo Suárez Palacio, frente a la casa de don Ángel Benigno Salazar, 10 de Agosto entre Bolívar y Sucre, a cincuenta metros del parque central, un poco de personas conocidas: el “Negro Jorge Álvarez”, mi abuelo Arturo, el “Zambo” Guillermo, el “Guanchaco” Luis, César Arias, Minos Cueva; los Castillo, Polibio Valdivieso, el “Chino” Ortíz, el macareño Campoverde, Arturo Guaricela, Colón Vegas y Lucho Sandoval, entre otros. Le pregunté a Carlos si acaso se trataba de alguna fiesta, aunque no vi ingresar a ninguna dama, o era una reunión de catecúmenos. Ocurre que en el patio posterior hay una gallera, allí tienen los gallos enjaulados y evitan que nadie los mire por sí la “ojeada”. Algunos animales venían de Macará y el norte del Perú. Juegan sábados y domingos. Es una bulla infernal, me expresó.

Unos son criadores y propietarios de los gallos, otros apostadores y uno que otro “mirón”.  El criador de gallos es una persona que vive su propio mundo, se acuesta y levanta pensando en los gallos; deja de comer para que esos animales se alimenten bien; y, en última instancia, quieren más a sus gallos que a su propia mujer, explicó.

Me aclaró que en la gallera no hay broncas o algo por el estilo. Allí prima el honor de la palabra para las apuestas, la “palabra de gallero” que es sacramental. Si alguien se hace el vivo lo expulsan, tanto como hizo Dios con Adán y Eva del paraíso, para siempre.

Decía Gabriel García Márquez:La vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.