Gratitud, lealtad, poder

P. Milko René Torres Ordóñez

Me decidí a escribir unas cuantas ideas sobre este tema porque, además de ser importante, lo olvidamos con alguna frecuencia. La vida de los seres humanos gira en torno a tres ejes antropológicos: cuerpo, alma y espíritu. Nuestra dimensión corporal la tenemos bien definida ya que gracias a ella somos lo que somos y existimos. En el alma está nuestra vida.

En el espíritu encontramos aquello que nos distingue de los animales y de las plantas: nuestra sensibilidad y apertura a la trascendencia. Esto implica buscar y encontrar a Dios en todas las cosas. Los valores son parte de nuestra vida espiritual. Ellos nos permiten actuar de una manera coherente. Lo contrario, los antivalores generan conflictos y actitudes discordantes en el mundo y en la sociedad. La gratitud puede definirse como un sentimiento de valoración y estima de un bien recibido, espiritual o material, el cual se expresa en el deseo voluntario de correspondencia a través o a través de un gesto. Es un criterio universal de fácil consulta y de rápida comprensión. Si profundizamos un poco más señalaremos que la etimología de este término la encontramos en el latín, en el vocablo gratitudo que es la suma de dos partes muy bien definidas: gratus, sinónimo de agradable y agradecido, y el sufijo tudo que es equivalente a cualidad. ¿Por qué tenemos que dar gracias? Por el alimento, la familia, la fe, la salud, el trabajo. Agradecer siempre y en todo lugar. La lealtad, puede definirse como sentimiento de respeto y fidelidad a los propios principios morales, a los compromisos establecidos, o, hacia alguien. Este término proviene del latín legalis que significa respeto a la ley. La lealtad no la impone nadie. Cada quien la vive desde sus convicciones, desde sus opciones de vida, y de su sentido de pertenencia a un estado de valores que lo hacen único e irrepetible. Es un valor, en cierta medida, débil, porque puede romperse fácilmente debido a distintos intereses, especialmente a una marcada pobreza de convicciones. La lealtad, si no es bien construida, tampoco puede mantenerse a flote. La deslealtad desestabiliza, causa heridas, división e inseguridad. El poder significa tener la capacidad o facultad de hacer determinada cosa, o, estar en condiciones de hacer algo porque no hay nada que lo impida. Esta palabra viene del latin posere, de una raíz indoeuropea poti (amo, dueño, esposo) y del griego posis esposo. Señalaba Foucault que el poder designa relaciones que conforman una asociación o grupo y, para ejercerlo, se emplean técnicas de dominación y sistemas para obtener obediencia. La unión de estos tres conceptos, asumidos como valores, forman una trilogía que puede distinguir o marcar una hoja de ruta en varios sentidos para todo ser humano. ¿Qué los une? El amor. Sin el amor, la gratitud, la lealtad, el poder, entendido como servicio, no tendrían sentido. El amor oblativo, ágape, despierta en el hombre la apertura a vivir uno de los más grandes principios que deben existir, nunca morir. La lealtad permite un acercamiento sincero hacia la otra persona. El poder que debe constituirse en signo de libertad. Una opción de vida que transforma el mundo, como la de Jesús de Nazaret.