Enamorarse de la literatura

Galo Guerrero-Jiménez

Enamorarse de la literatura para alguien que no es lector, o que realiza tareas escolares de textos que nunca ha tenido la oportunidad de leer y, lo más grave, que jamás le explicaron con la pasión y la entereza de por qué es bueno leer una obra literaria determinada, entonces, no habrá posibilidad de que haya un acercamiento voluntario para que la mente y el corazón se apropien de ese lenguaje estético, armónico y lleno de toda una riqueza humana que una obra literaria, o incluso de otro género, siempre porta para que el lector, con ese entusiasmo que le caracteriza, sepa adentrarse con la más plena voluntad que su psiquis le permite.

Atraer lectores en un mundo que camina tan aceleradamente y en medio de una tecnología abrumadora, es una oportunidad para encontrar información literaria y de toda índole, pero también constituye un enorme peligro porque el individuo que no posee ninguna formación para que se incline por el libro electrónico, o incluso, lo cuál sería mucho mejor, por el libro de papel, tampoco es fácil, porque la pantalla al no lector lo atrapa para que se interese por el mundo de las imágenes o de aquella subliteratura que no es edificante sino solo para entretener a un internauta que viaja a veces sin son ni ton, y con la rapidez con la que en Internet se pasea el viajante sin discernir y sin sentido crítico, ni de reflexión alguna.

En este sentido, para que haya lectores que se interesen por la literatura, el espacio de la escolaridad y el de la familia es siempre muy oportuno, siempre y cuando haya mediadores que, en efecto, sean buenos lectores para que motiven a sus alumnos o a sus hijos para que se den cuenta que la literatura es “una auténtica fiesta individual, callada, solitaria. Es mi libertad la que allí triunfa. Y ese es un placer incomparable que solo me deja beneficios” (Ubidia, 2006) intangibles, dado que entra en juego la reflexión y la visión muy personal a partir de la placidez que las ideas de la obra literaria despiertan en el lector que supo adentrarse en ese mundo de palabras humanas, absorbentes, atrayentes, a veces irreverentes pero con “enfoques sobre la vida, alguna imagen de gente forjando un destino común, o alguna afirmación de que ciertas clases de experiencias, ciertos modos de sentir, son valiosos” (Rosenblatt, 2002) para el lector que así los percibe desde su más genuina actividad cognitiva y personal porque se trata de “momentos de lectura y de intercambios [que] hay que conservarlos libres de intenciones pedagógicas y objetivos utilitarios” (Patte, 2011).

De ahí que, aunque la intención del docente sea buena, en la escuela o “en el colegio, los profesores pueden pedirles a los alumnos que lean novelas, hacerles pruebas de comprensión lectora, mandarles un ensayo sobre el texto y esperar que sepan identificar temas y motivos. No es lo peor del mundo, pero para muchos alumnos tampoco es un sistema que les ayude a enamorarse de la literatura” (Cox Gurdon, 2020). Y si a ello se suma la idea del docente de que el niño o el joven alumno “debe ‘explotar’ esos textos para lecciones disfrazadas de gramática, de vocabulario o de moral, con preguntas de control, peticiones de resúmenes o cualquier otra forma de ejercicio” (Patte, 2011), entonces, lo más probable es que estos alumnos nunca se lleguen a enamorar de la literatura ni de ningún proceso lector que les sea satisfactorio, gratificante, de gozo.

En conclusión, para que los alumnos disfruten de la riqueza de una obra literaria, el docente debe tener un talento lector especial para atraer a sus pupilos para que en el aula (o en la casa), sea posible lo que señala la bibliotecaria Genevière Patte: “Cada niño, a su manera, habita la obra literaria y saborea el placer de moverse en ella con los demás. Entonces, gracias a las referencias que esos libros provocan espontáneamente, la vida de la clase se transforma, se anima; el humor encuentra su lugar. Pero para que sucedan estos viajes la obra debe valer la pena. Es más, debe tratarse de verdaderas obras maestras”.