Tu presencia es sol
alumbrador en los días
más funestos de mi existencia.
Tu silueta discurre poco a poco
a medida que el ocaso
estrangula las nubes del firmamento.
Eres ser de luz
con atisbos de hierbabuena
y agua fresca
sobre mis heridas.
Madre, conjugación bendita
entre sol y tierra,
entre mar y arena,
entre razón y locura.
Estás presente
en los lugares que no percibo,
pero siento tu aliento
como ráfaga que me cubre de amor infinito.
Tus ojos, fulgurantes astros,
viven en el centro
de mi vida
y no se extinguen porque
están hechos de amor,
fuego
y sueños invencibles.
