Canto a la vida

P. Milko René Torres Ordóñez

Es bueno y grato acudir al baúl, grande o pequeño, que tenemos guardado en el trastero de la casa para reencontrarnos con cosas que olvidamos, pero que son útiles y reconfortantes. En este baúl, que llamo “literario”, descubrí, para releer, un poemario que escribí entre los años dos mil cinco y dos mil diez, quizá, movido por la urgencia de grabar una obra en audio con la finalidad de presentar una tarea en un Máster en Escritura Creativa.

El flechazo fue instantáneo, casi como la primera mirada a un ser hermoso. Vivir un eterno amor platónico. “Canto a la vida. Al sueño que encanta. Canto al tiempo que el mundo me regala…”. Recordé que, para escribir lo que sentimos, no debemos hacernos mucho problema. Que no hay que empezar a redactar una obra con la idea de publicar o no. En el poema está la vida del autor que parte de la obviedad de sus circunstancias, su tiempo, su “yo” sagrado. ¿A dónde me lleva esta reflexión? Sencillo de responder. A dar gracias a Dios por la vida, por los buenos y los malos momentos. A cantarle a la vida, incluso, por los momentos de depresión, causados, quizá, por las injusticias que causan las personas que condicionan el valor de la lealtad a causa de un interés generado por un afán de poder, signo contrario a la gracia. “Para morir con el duende que detiene mi reloj. Canto para morir y vivir. Canto lo que me pasa”. La poesía nos hace vivir de una manera muy simple. Una de las claves en el anuncio del reino, que viene de Jesús, es la misericordia. Aprendí y valoré este concepto gracias a la sabiduría de Julián, educador y Marista de corazón. Me habló de un corazón que ama. Para amar es imprescindible apropiarnos del arte del perdón. “Canto a los que aman. Canto al sueño en el mundo. Que no acaba…”. Como hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza, para seguirle, servirle, y, con ello, darle gloria, nunca debemos dejar de soñar. Cuando lo hacemos, o, lo intentamos, nuestro mundo dejará de brillar. Seremos muertos vivientes. La poesía tiene este hechizo, simbiosis de pasión y realismo. “Canto para decir cosas buenas. Muchas palabras. Hoy. Vivo. En esta tarde mágica”. En este baúl, alma del duende que detiene el reloj, vive la historia que se regodea platónicamente con la musa del tiempo. El canto a la vida, va más allá de una terapia. Es el arcoíris y el crepúsculo de cada atardecer lojano. De todas estas consideraciones, me queda claro que todo hombre tiene un proyecto sobrenatural que debe llevarlo a la práctica: permitir que el buen Dios acontezca en su vida, es decir que debe luchar para que nunca decaiga su fe, y que sus luchas constantes sean, siempre, un campo propicio para construir un mundo de justicia y de paz. Escribir es, en realidad, el mejor canto a la vida que recibimos de lo alto.