¿Con quien te comparas?

Se dice que toda comparación es odiosa y aunque eso es cierto, es bastante frecuente que realicemos dicho ejercicio, incluso inconscientemente, llegando a dividir la realidad en opuestos como bueno o malo, éxito o fracaso; lo que, según varias corrientes psicológicas, limita nuestro crecimiento, daña nuestra autoestima y causa infelicidad.  Muchos no estarán de acuerdo con estos conceptos pues, no son pocos los casos en los que el hecho de compararse con personas exitosas, fue canalizado correctamente y brindó a muchos la motivación necesaria para alcanzar metas aún mayores.

Quizá la clave está en el sujeto de comparación ya que si elegimos alguien que se encuentre en condiciones más desfavorables que nosotros corremos el riesgo de sobreestimar el estado en el que nos encontramos, de manera contraria, si el sujeto de comparación está en un estado significativamente mejor sucederá lo contrario. En cualquier caso, se debe tomar con objetividad la comparación y extraer lo mejor con el fin de crecer permanentemente.

Alguien que conozco suele decir que se debe apuntar a las estrellas para poder sobrepasar el horizonte y creo que esta frase se aplica a los negocios, los estudios y la vida en general, nuestras metas deben ser grandes, no debemos temerle al listón “demasiado alto” ya que si tenemos metas ambiciosas alcanzaremos logros sorprendentes.

El apóstol Pablo decía a los filipenses “Lleven una vida limpia e inocente como corresponde a hijos de Dios y brillen como luces radiantes en medio de un mundo con iniquidad” (Filipenses 2) y a los efesios les pedía que lleguen a ser “como el varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4). ¿Les parece que el apóstol Pablo pide demasiado? ¿Quién podría acercarse siquiera a la estatura del más grande? Pues no se sorprendan, Jesucristo es aún más exigente: “Ustedes deben ser perfectos, como su Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5). El Señor conoce nuestras limitaciones e imperfecciones y nos ama a pesar de ellas, Él sabe que sin un modelo perfecto como Jesucristo hombre, nuestro crecimiento espiritual sería insignificante.  ¿Recuerdan aquello de apuntar a las estrellas?

Es cierto, quizá nunca alcancemos la estatura espiritual de Jesucristo, pero si trabajamos a diario para tratar de hacerlo, veremos cambios impresionantes en nuestra vida y su gracia nos cubrirá. ¿Te compararías con Cristo? ¿Tratarías de imitarlo?