La circunstancia de leer para disfrutar

Galo Guerrero-Jiménez

En todo proceso educativo y familiar, la mejor ayuda que se le puede brindar a un niño, adolescente y joven, es el acompañamiento continuo para que se forme como lector. No hay mejor manera de aprender a robustecer la inteligencia intelectual y emocional desde esta realidad exquisita en la que el talento humano en todas sus dimensiones cognitivas, estéticas, hermenéuticas y lingüísticas se fortalece para que el lector llegue a tener la capacidad suficiente, no tanto para memorizar datos, sino para, a partir de las ideas básicas que todo texto respira al mejor estilo de lo que en él se enuncia, pueda degustar desde lo más profundo de su interioridad en ese mundo de letras que debidamente interpretadas y procesadas fenomenológicamente, lo llevan a reflexionar desde diversos ángulos de su realidad que como ser humano posee para enfrentar el mundo contextual desde la circunstancia personal que cada lector la vive a diario en todos los espacios socioculturales y educativos.

Por eso, en el campo educativo y en el familiar es en donde mejor se puede formar un lector, y cada uno bajo su específica circunstancia de vida. Pues, como señala el filósofo Julián Marías, “la circunstancia es todo aquello que está en torno mío; es decir, todo lo que encuentro o puedo encontrar a mi alrededor: desde mi cuerpo hasta las nebulosas más remotas, desde mis disposiciones y vivencias psíquicas hasta el mundo histórico y social que me rodea, desde mi pasado personal hasta la prehistoria, desde mis ideas hasta las culturas todas en su integridad” (1981), que hacen factible que cada ser humano perciba su realidad de manera muy particular y personal, tan suya y única, puesto que esa circunstancia le pertenece exclusivamente a él y a nadie más que a él.

Esta multitud de ingredientes de la circunstancia que cada ser humano la posee en su diario vivir, es la que, de manera individual, le encamina, en este caso, al lector, a vivir de una forma exclusiva y a interpretar la realidad con una mirada tan especial que no se repite en ningún otro lector de la misma manera, así esté leyendo el mismo texto. Habrá ocasiones en que, multitud de lectores, tienen su “momento especial en el que, con el índice entre las páginas, cierras el libro y entrecierras los ojos para dejar que lo que acabas de leer te penetre lentamente, resuene en tu interior, se expanda dentro de ti y se integre en tus recuerdos, en tus sensaciones, en tus ideas…” (Albanell, 2002), de una manera única, en la que la exquisitez estética le es tan consustancial a cada lector.

Por supuesto, esta degustación tan especial y única en cada lector es producto de un largo proceso lector, y en la que, insisto, el papel del profesor y del padre de familia son de vital importancia para que, en efecto, ese novel lector aprenda a acercarse a un texto dentro de la circunstancia en la cual vive para que, a su manera, lea con gusto como producto de su disposición personal. Por eso, “los profesores que son buenos lectores estimulan la lectura de sus discípulos solo hablando de los libros que han leído y les han gustado. El gusto por la lectura va implícito en las palabras, en la entonación, en el gesto, en la pasión que se expande como una marea. Y los (…) [alumnos] lo captan. El efecto por la lectura se contagia. No falla. Cuando el profesor es buen lector, de los que disfruta leyendo, el porcentaje de buenos lectores en su clase es bastante más elevado de lo habitual” (Albanell, 2002).

Si así fuese, cómo cambiaría radicalmente nuestra endeble educación ecuatoriana. Lamentablemente, como señala Argüelles, “la escuela le ha hecho creer a todo mundo que los libros se hicieron únicamente para estudiar, cursar y aprobar las materias a fin de sacar la carrera” (2017); por eso no es fácil encontrar lectores que disfruten de lo leído.