La pobreza no es una virtud

Diego Lara León

A la pobreza se la define como una condición humana caracterizada por la privación continua o crónica de recursos, de capacidades, de educación, de opciones, de seguridad y del poder necesarios para disfrutar de un nivel de vida adecuado y de otros derechos civiles, culturales, económicos, políticos y sociales.

El enfoque más común define a la pobreza como falta de ingresos. Este concepto está basado en los estudios de Benjamin Rowntree. Según él, la pobreza se configura cuando el total de ingresos disponibles no satisface el mínimo necesario para la subsistencia. Esta idea inspiró la creación por el Banco Mundial de la línea de pobreza, o umbral de pobreza, que es “el costo monetario de un nivel de bienestar de referencia para una persona dada, en un momento y un lugar dados”. El Banco clasifica como pobre una persona que vive con menos de 2 dólares al día. En nuestro país 3 de cada 10 ecuatorianos en promedio viven en esta situación, si nos concentramos en el sector rural el porcentaje es mayor.

Atacar la pobreza desde la equidad ha sido desde hace varios años la lucha constante de las sociedades. El reducir la pobreza es discusión permanente y obligatoria en muchos foros de economía, salud, ciencia, empresa, educación y por supuesto de política.

Y es en este último desde donde analizaré la pobreza, porque queda claro que cualquier decisión y estrategia para atacar la pobreza debe estar ligada a decisiones desde el Estado; y, el Estado es administrado por mandatarios elegidos en la mayoría de los casos por decisión popular, por lo tanto, son políticos quienes toman las grandes decisiones para frenar el crecimiento de la pobreza.

Sin embargo, sobre todo en nuestra América, algunos de los discursos políticos desde cualquier tendencia, desde los muy de derecha hasta los muy de izquierda, han traído la idea a quienes sufren en la pobreza, que ésta es “una virtud”, distorsionando perversamente su concepto.

“Trabajaremos para los pobres”, “daremos apoyo a los pobres”, “solo los pobres tendrán más derechos”, “los pobres votan por mí”, son frases que escuchamos en época de elecciones.

También somos testigos de políticos que incentivan la lucha de clases: “hay que quitar al rico para darle al pobre”, “el rico es explotador del pobre”. Esta actitud lamentablemente es común y solo le sirve a quien la promueve, todos los demás pierden. Reducir la brecha entre ricos y pobres debe ser hacia arriba, es decir, acercando a los pobres hacia los que más tienen. Cerrar la brecha haciendo pobres a los ricos, es decir hacia abajo, es una locura.

Lo que sucede es que el “capital político” de varios candidatos son justamente esas personas que viven en situación de pobreza.

No existe receta mágica para eliminar la pobreza, pero si existen muchas estrategias para mitigar su impacto y ojalá disminuir aceleradamente el número de pobres.

La infraestructura y dotación de servicios básicos es una de las maneras de reducir la pobreza, esa es tarea fundamental del Estado. La educación es otra potente estrategia, también con participación fuerte del Estado. La redistribución adecuada de la riqueza es primordial, sin olvidarnos que para redistribuir algo, primero hay que crearlo.

El empleo quizá es la estrategia más poderosa, es ahí donde el Estado confunde su rol. Duden del político que diga: “voy a crear fuentes de empleo”, el Estado no es, ni será el mayor generador de empleo, el más grande generador de empleo en el mundo es el sector productivo privado (en Ecuador más del 80%). Lo que deben hacer los políticos es “crear condiciones amigables” para que el sector productivo genere más empleo a partir del crecimiento.

Elegir bien también es una gran estrategia para ayudar al país, provincia, cantón y parroquia, es una gran estrategia para ayudar a la sociedad.

Reducir la pobreza es tarea de todos. Sin duda, invisibilizarla no la acaba, la acrecienta. No permitamos que algunos sigan haciendo creer al pueblo que la pobreza es una virtud y que solo ellos son “los salvadores del pueblo”.