Galo Guerrero-Jiménez
El desarrollo vertiginoso de la tecnología y el invento de Internet, han hecho posible que hoy nos encontremos en la era global de la información digitalizada, en donde, el acceso al conocimiento es relativamente fácil, inmediato, ubicuo y económico (Pérez Gómez, 2012); y, lamentablemente, el conocimiento que se difunde en la publicación del libro impreso, va perdiendo fuerza, aunque se siga publicando ciencia, literatura y humanismo en grandes editoriales que hacen posible la difusión del libro en todos los países, pero a costos altamente elevados en comparación con la información que flota en Internet y que, en la mayoría de los casos, se la puede conseguir gratuitamente.
Hoy, cualquier internauta, tal como lo señala Ángel Pérez Gómez, “puede acceder en la red a la información requerida, al debate correspondiente, seguir la línea de indagación que le parezca oportuno sin el control de alguien denominado docente, y si le apetece puede formar o participar en redes múltiples de personas y colectivos que comparten intereses, informaciones, proyectos y actividades, sin limitación de tiempo, institucionales o geográficas. ¿En qué mundo vivimos? ¿Qué sentido tiene la escuela que conocemos en dicho escenario? (2012).
Este mundo digitalizado, por lo tanto, nos trae nuevas formas y métodos para tener acceso al conocimiento, con lo cual se configuran nuevas habilidades mentales, como el “principio de interactividad en el que influimos sobre la realidad, transformándola y, por supuesto, asumiendo las condiciones de posibilidad de las cosas que, a su vez, actúan sobre nosotros, existe otro principio interactivo de idealidad que tiene lugar en las imágenes y formas que configuran el espejo de la mente, el universo de reflejos en el que elaboramos y estructuramos el mundo mental, que nos abre el camino para la interpretación del universo real. La materia sobre la que este principio de interactividad ideal actúa es el lenguaje” (Lledó, 2022), el cual funciona como el principio interactivo por excelencia, tanto que, el lenguaje oral y la lectoescritura interactúan en la redes sociales y en los medios electrónicos a un ritmo acelerado, con lo cual, el consumo de información ha adquirido nuevas formas de lectura y de interpretación, dada la saturación de tanta información compleja, fragmentada, incierta y, en muchos de los casos, manipulada, superficial, o pura basura ideativa que se entremezcla, por supuesto, con abundante cantidad de información altamente calificada de humanística, técnica, artística y científica, pero que, hay que saber encontrarla para estudiarla y leerla a profundidad, aunque haya que empezar por una lectura global.
Pues, como señala Miha Kovac, “es típico de la lectura global de las informaciones en la red que nuestras respuestas a ellas sean un mero reflejo: les damos un me gusta, hacemos un comentario enfadado o las compartimos sin reflexionar demasiado, sin chequear las fuentes y sin preguntarnos sobre los motivos de los que las difunden. El vocabulario de este tipo de mensajes suele ser reducido, y encima una buena parte de las redes sociales está concebida de tal manera que causa adicción, ya que despierta la necesidad de nuevos estímulos informáticos. Estos estímulos son aún más eficaces porque pueden personalizarse, puesto que los algoritmos que los mueven a veces saben más de nuestros deseos, esperanzas y miedos que nosotros mismos” (2022).
En todo caso, “la lectura global es una excelente técnica de búsqueda rápida y selección de la información y cuánta más capacidad tengamos de la misma, mejor nos irá en este mundo” (Kovac, 2022) globalizado, tecnificado y digitalizado, en el que, cuando hayamos localizado contenidos exigentes, estética y éticamente elaborados, los podamos leer en profundidad; pues, estas dos formas de lectura: la global y en profundidad, serán las más efectivas para sobrevivir en la era de la civilización digital, en la que, con más ahínco, debemos aprender a pensar con rigor, analítica y críticamente, para no dejarnos influir por las manipulaciones mediáticas y envolventes de superficialidad.
