P. Milko René Torres Ordóñez
La Sagrada Escritura puede ser definida como un mensaje de amor de Dios a los hombres. Contiene las verdades que el hombre debe conocer para alcanzar un bien muy elevado: vivir en plenitud su razón de ser creado a imagen y semejanza de Dios, en camino a fortalecer su dignidad.
Una lectura continuada del profeta Isaías nos lleva a interpretar la historia desde una dimensión de fe. En la vida del pueblo escogido por Dios suceden acontecimientos que determinan su identidad. Algunos se celebran con alegría, otros con tristeza. La época del exilio es la que recordó a Israel la verdadera riqueza de la disfrutaron: su fe, su historia, su tierra. El llamado “segundo Isaías” dice: “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay Dios”. La reiterada afirmación de este atributo divino tiene un carácter universal. ¿Por qué buscar a alguien que pretenda ser más misericordioso que Él? Este autor sagrado, al tiempo de demostrar su fidelidad, también es muy sensible. Los caminos de Dios son muy diferentes a los nuestros. ¿Por qué? La paz, la libertad y la justicia, son sus claves. La imagen que quiere transmitirnos el profeta es la de un Padre, cercano, comprometido con nuestro devenir histórico. El trasfondo teológico de Isaías lo actualizamos a la luz del acontecimiento determinante en la historia de la humanidad que es Jesucristo, Camino, Verdad y Vida. Uno de los más grandes misioneros, Pablo, Apóstol de las Naciones, evangeliza a la luz de la fe. De hecho, es profundamente maravilloso, e inexplicable, a la vez, su intimidad con Jesús. Él aconteció para siempre en Pablo, lo hizo suyo, para su gloria y la nuestra. Como consecuencia de sus primeros logros apostólicos recuerda su vivencia cristocéntrica en la comunidad de Tesalónica. Esta carta, quizá sea el primer escrito cristiano puesto que data del año 52, después de Cristo. Celebra el amor, la esperanza y la fe que encontró en esta ciudad populosa, capital de Macedonia: “Damos gracias a Dios por ustedes y los tenemos presentes en nuestras oraciones”. Recuerda que “Él es quien los ha elegido”. El Evangelio fue predicado con la fuerza del Espíritu Santo que produjo frutos abundantes. La obra de evangelización de la Iglesia y en el mundo entero no es fácil. Es compleja e incomprendida. Jesús habló con la verdad. La claridad en sus expresiones permanece en nosotros como un tesoro al que cuidamos porque es un patrimonio tan excelso como la eternidad: “A Dios lo que es Dios”. San Agustín perenniza esta enseñanza: si el César busca su imagen, no deben retenerla. Y, si Dios busca la suya, tenemos que devolvérsela. Un razonamiento excepcional que concluye así: “No pierda el César su moneda por ustedes; no pierda Dios la suya en ustedes”. ¿Cuál es la moraleja de esta diatriba entre los fariseos y el gran Maestro? El anuncio de la Buena Noticia nos revela al único Dios, vivo y cercano. La vida del hombre es la visión de Dios. En cambio, en el pensamiento de san Ireneo, la gloria de Dios es el hombre que vive. De este modo, sintonizamos con Santa Teresa de Jesús: “Solo Dios basta”.
