El poder del aprendizaje autónomo desde la lectura

Galo Guerrero-Jiménez

Leer es un riesgo, es un atrevimiento, es audacia, es entrega, es compromiso, es deleite, es un esfuerzo personal porque implica poner a disposición mi condición mental, es decir, metacognitiva, para recibir y percibir conscientemente, con toda la concentración mental que ese conjunto de letras me llega a través de la mirada que se posa en la página en físico o en la pantalla, desde la formación cultural y socio-psicolingüística que poseo y que me hace poseedor de una condición especial, única ante el mundo, ante la otredad que percibe en mí la calidad de ciudadano que soy tanto en el trabajo, en el estudio, en la familia, en la cultura y en el desenvolvimiento social  que ejerzo directa o indirectamente en la comunidad a la cual pertenezco como individuo, pero, ante todo, como persona.

El que lee desde su mayor interés, sin presión de nadie, con el firme convencimiento de que ese lenguaje, sea del tema que fuere, según el gusto y la inclinación por conocer el mundo  desde la inclinación que tenga ese lector que vive entusiasmado, atento y listo para adentrarse en esas páginas que le parecen siempre exquisitas para conversar en silencio, interrogarse, dudar, indagar, leer y leer desde las condiciones que le sean más propicias a ese lector que vive amoroso, preocupado, exaltado, entregado y disciplinadamente con ese fuego que le enciende el alma, más bien dicho, que le alumbra la existencia, la vida misma en cada párrafo que por su psique se desplaza como el mejor lujo que se da, inmiscuido en esa realidad apasionada y vivida con la mayor entrega posible que su condición humana le permite.

Como ejemplo de lectura viviente, armónica, contagiosa, en la historia humana hay infinidad de casos que, incluso, han influido enormemente en el desarrollo social, político, educativo y de toda índole en el desarrollo de la humanidad, tal como el de Mao Tse-Tung que, a sus 18 años, se dio cuenta que tenía que “diseñar su propio futuro a partir de los temas y lecturas que él  mismo pudiera elegir” (Rodríguez, 2023), con la firme decisión de que, como sostiene Alfonso Berardinelli:

“Leer literatura, filosofía y ciencia, si no se hace por trabajo, es un lujo, una pasión noble o ligeramente perversa, un vicio que la sociedad no censura. Es tanto un placer como un propósito de mejora. Requiere cierto grado y capacidad de introversión y concentración. Es salirse de uno mismo y del ambiente que nos rodea, pero también es un medio para conocerse mejor, para ser más conscientes de nuestro orden y desorden mental” (2016), tal como le sucedió a Mao y que luego, con el pasar de los años, llegaría a influir políticamente y con todo el aplomo de su personalidad, en su nación, como intelectual, filósofo y dirigente del Partido comunista de China.

Al respecto, Joaquín Rodríguez señala que, en su exquisito deseo del joven Mao por estudiar, “sería mejor para él leer y estudiar solo. Al cabo de seis meses dejó la escuela y organizó un programa de educación propio, que consistía en leer todos los días en la Biblioteca Provincial de Hunan. Fue muy regular y concienzudo al respecto, y consideró que el medio año que pasó de esta manera fue extremadamente valioso para él. Iba a la biblioteca por la mañana cuando abría. Al medio día solo se detenía para comprar y comer dos pasteles de arroz, que eran su almuerzo diario. Se quedaba en la biblioteca todos los días leyendo hasta que cerraba. Aquel muchacho de 18 años mostraba ya una confianza ciega en el poder del aprendizaje autónomo y en la facultad de la lectura y los libros para convertirse en sus verdaderos guías y profesores, algo que ya no abandonaría jamás, algo que se convertiría en el fundamento de la más grande campaña de lectura y adoctrinamiento colectivo de la historia” (2023) que llevó a cabo en su país, incluso, de manera dictatorial, y animado siempre por su amor a los libros y a las bibliotecas.