P. Milko René Torres Ordóñez
En el comienzo de un nuevo año los objetivos, propósitos y sueños florecen con la frescura del rocío de cada amanecer. Los seres humanos deseamos vivir felices y con mucha paz. Construir el mundo que queremos.
En los primeros días, o semanas, continuaremos respirando el aire sano de la Navidad. Tiempo de bendición y de gratitud. En la Sagrada Escritura leemos el proyecto de amor que viene de lo Alto y es para todo el mundo: “El Señor te bendiga y te proteja…”. El verbo “bendecir”, en buen romance, significa: “invocar o pedir la protección divina a favor de una persona o cosa”. Proviene de la raíz latina “benedicere”. Sus componentes léxicos son: “bene (bien) y dicere (decir). Entendemos, por lo tanto, que es justo y necesario hablar bien en todo sentido. El camino que vamos a recorrer en este período de tiempo es largo. Con todo ello, vamos sembrando semillas de esperanza a costa de disciplina, paciencia y perseverancia. Dejamos de volar en las alas de los sueños para aterrizar en la realidad. El mes de diciembre, común y especial, nos permitió valorar la urgencia de un oportuno examen de conciencia. Este ejercicio espiritual es un recurso que, paulatinamente, fortalece nuestra conciencia y nos enrumba por el trayecto correcto. La bendición de Dios, al tiempo de estar en nuestro corazón en cada momento, resulta primordial en la vida de todo hombre de buena voluntad. Hay que cuidarla. Protegerla. Valorarla. El verbo “proteger”, en su sentido específico, significa: “resguardar a una persona, animal o cosa, de un prejuicio o peligro, poniéndole algo encima, rodeándolo…”. Proviene de la palabra latina “protegere” (amparar, defender). Está formada con el prefijo “pro (hacia adelante) y el verbo tegere (cubrir, proteger). Somos seres vulnerables. Necesitamos protección. La autosuficiencia no es garantía de sabiduría, al igual que el egocentrismo, la prepotencia y el orgullo consumado. El hombre, que es dueño de sí mismo y artífice de sus buenos proyectos, es sencillo y moldeable. Tenemos que volver a saborear del espíritu del amor divino que nos creó libres, inteligentes y sabios. La fórmula de bendición que recibimos es amplia. Continúa con estas palabras: “…haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda todo su favor”. La cara de Dios en la nuestra, como el encuentro de dos amores eternos en un solo corazón, es luz maravillosa, energía incandescente, fuerza determinante. Nunca se apaga, ni pierde su calor. El favor divino, es tanto más que un premio inmerecido. Es la garantía de un destino seguro. De la mano de Dios, las huellas que dibujan nuestros pies, cada momento vivido es gracia. En este nuevo amanecer, la benevolencia divina nos envuelve con su paz. Terminamos el año, envueltos en el manto de la tragedia, de la crueldad de las guerras fratricidas, de la inseguridad, la narcocorrupción, el sicariato y el proselitismo ideologizante. Queremos paz. La merecemos. Dios habla a su pueblo. Su palabra es creadora, supremamente eficaz. Jesús, repitió más de una vez que el cielo y la tierra pasarán, más no su palabra. Nos corresponde, durante este nuevo año, invocar su nombre. Sin desmayar. Su bendición estará junto a nosotros en los momentos más importantes.
