Zaruma

Santiago Armijos Valdivieso

Recientemente fui a la ciudad de Zaruma. Para llegar utilicé la ruta que conecta a la parroquia El Cisne con el Puente de Ambocas. Era la primera ocasión que transitaba por esa malograda carretera, aprovechando la invitación de mi hermano Pedro y de las condiciones de su camioneta para sortear las malas condiciones de esta.  

Dejando a un lado el estado de la vía, en ese tramo, el paisaje que se aprecia es hermoso. Montañas y montañas majestuosas que se abrazan, en una suerte de pelotón de gigantes inmóviles que observan a los minúsculos y escasos vehículos que se atreven a romper su milenario silencio, enverdecido por frondosos árboles que, en algunos sitios, se opacan por el polvo que levantan los neumáticos de los intrusos automotores. Desde la Basílica del Cisne, que siempre tiene visitantes y devotos de la venerada imagen, hasta llegar al Puente de Ambocas, hay unos veintidós kilómetros de distancia, los cuales se hacen más largos por las empecinadas piedras que se asientan en la carretera para frenar las llantas de los vehículos y para activar el sentido de sobrevivencia de los conductores. Superado el puente que marca el lindero entre la provincia de Loja y El Oro, levantado sobre el río Ambocas, se llega a la parroquia Salatí (Cantón Portovelo), un pintoresco pueblo arropado con la tibieza de la Costa y purificado con la limpieza de los vientos de la Sierra. Ya en carretera, aceptablemente asfaltada, se cruza por la parroquia Curtincapac (también Cantón Portovelo), tierra de caña de azúcar y potentes bebidas espirituosas. A continuación, se pasa por territorios de la parroquia Morales y, en pocos minutos, se arriba a la conocida ciudad aurífera de Portovelo, en la que el movimiento de personas, mercancías y automotores hacen notar que se trata de una urbe importante de la parte alta de la provincia de El Oro. Desde allí quedan solamente once kilómetros, de sinuosa y empinada carretera, para llegar a Zaruma, que se los recorre en aproximadamente quince minutos.

Tan cuanto llegamos a Zaruma, encontramos una ciudad alegre, desparramada graciosamente en montañas. Aunque sus inclinadas calles son angostas, gozan de un aire distinguido, respetable, altivo y añoso. Sus casas antiguas, de madera resistente al tiempo, revelan que se trata de una urbe antigua, cuyos prolegómenos se remontan al año 1549 cuando el extremeño Alonso de Mercadillo (también fundador de Loja y Zamora) la fundó con el nombre de Villa del Cerro de Oro de San Antonio de Zaruma.

Junto a mis familiares nos hospedamos en un hotel ubicado en pleno centro, llamado Hotel Zaruma Colonial, cuyos aposentos son cómodos y permiten un descanso adecuado.

Llegada la noche, guardamos el vehículo en un organizado parqueadero municipal para salir a caminar por las calles zarumeñas, y así, conocer sus rincones más icónicos. Abrigados por un clima tibio la caminata fue placentera, eso sí, al ser una ciudad quebrada, hay que estar dispuestos a subir y bajar escaleras y desniveles que, precisamente le dan un toque especial y diferente.

En el recorrido encontramos almacenes de toda clase, nutridos de ropa, zapatos, alimentos, artículos para el hogar, entre otros. Lo especial es que todos son atendidos por personas amables, educadas y de buen hablar, quienes hicieron la ocasión más agradable.

Siendo la segunda semana de diciembre, el centro de Zaruma estaba engalanado con luces navideñas por todos lados, lo cual le daba un aspecto de pesebre de navidad gigante y, por supuesto, un toque de alegría y encanto particular.

En el parque central, que realmente es precioso, a eso de las nueve de la noche, tuvimos la satisfacción de observar a un nutrido grupo de vecinos, de todas las edades, que lo ocupaban para conversar y compartir en las bien distribuidas bancas, al estilo relajado y tranquilo con el que se lo hacía antaño en Loja.

Particularmente llamó mi atención la reunión de un grupo de octogenarios de cabezas plateadas, quienes, animosamente charlaban bajo un robusto árbol bien iluminado. Lo hacían con vitalidad, con energía, poniendo énfasis en sus afirmaciones y risas. Atraído por ese espectáculo de vida, saludé a los participantes; ellos, con cortesía, me devolvieron el saludo. Pensé… qué maravilla sería llegar a la edad dorada y poder conversar diariamente con los buenos amigos de siempre, en la noche, al aire libre, en una fresca alameda, y con la misma alegría y entusiasmo de la juventud. Se entiende que ese es uno de los privilegios de vivir en una ciudad pequeña y mágica como Zaruma.

Luego de vagabundear por el parque y contemplar las atractivas y multicolores edificaciones históricas que lo rodean, fuimos a cenar en un local situado en una de las esquinas del parque. Se trataba del restaurante Romería. La comida fue abundante y excelente. El plato cachiporrero del menú fue el tigrillo zarumeño, cuyo exquisito sabor puede enamorar a cualquier paladar exigente. Este restaurante tiene otro local, que también conocimos, ubicado en la vía al Cerro Calvario. Desde allí se contempla un horizonte espectacular, compuesto por montañas, cerros y hondonadas que parecen entrelazarse caprichosamente para complacer la vista de quien los admira y hacer entender que el maravilloso pincel de la naturaleza está movido por un Dios. Con una buena cámara fotográfica o un celular de buen lente, fácilmente se podría eternizar el instante en una fotografía, digna de ser publicada en la revista National Geographic.

El día llego a su fin y era momento de zambullirse en el mundo del sueño y del descanso. Gracias a su clima de útero tibio, y al respetuoso silencio que regala, fue maravilloso hacerlo en Zaruma.

Al día siguiente, luego de premiarnos con un tigrillo, sin igual, ahogado con mucho queso y empujado por un jarro de café, oscuro como la noche invernal, caliente como el sol de verano y fragante como el perfume, fuimos a conocer el Museo Minero Curipoma, en el que, con gracia y con la asistencia de una gentil guía turística conocimos, a detalle, el proceso de la minería aurífera y su relación estrecha con la historia de Zaruma. Palabras como veta, filamento, barreno, mecha, lámpara de carburo, picos, molinos y palas, brotaban de la boca de la anfitriona para retumbar en el interesante sitio.

Lamentablemente, hay que decirlo fuerte y claro, en los últimos tiempos, las irresponsables acciones de la minería ilegal han producido graves destrozos en los intestinos de Zaruma y, consecuentemente, peligrosas desestabilizaciones, generadoras de socavones que hoy parecen haberse mitigado con la acción gubernamental.  

Tan cuanto salimos del museo fuimos a conocer la Mina El Sexmo, ubicada a diez minutos del centro de la urbe. Instaurada por el mismísimo Alonso de Mercadillo, y la primera del lugar, es un interesantísimo sitio en el que se revela, de carne y hueso, las características de una mina real, formada por un túnel de casi dos kilómetros que lleva a las entrañas zarumeñas. La verdad es que recorrer el túnel y contemplar los espacios reducidos a los que se accede, combinados con el mudo e imponente aspecto de las rocas y tierras, en estado puro, genera respeto y admiración a la valentía de quienes se dedican lícitamente a la actividad minera, seguramente una de las más sacrificadas y duras del mundo.

Sin duda, quedan pendiente muchos hermosos sitios por conocer, pero esto fue un gran inicio.   

La aventura había acabado, y al mismo tiempo, había nacido mi admiración y cariño por tan hospitalaria ciudad, merecedora de ser visitada varias veces, con la que nuestra ciudad de Loja tiene un hermanamiento especial y estrecho, no solo por compartir el mismo fundador español (Alonso de Mercadillo) y haber sido un todo, sino por tener rasgos y costumbres similares como la pasión por la familia, el café y el idioma castellano bien hablado. ¡¡Gracias, Zaruma!! ¡¡Aspiro regresar pronto!!