Efraín Borrero E.
El pasado 04 de enero falleció, en la ciudad de Quito, Carlos Alberto Sotomayor Espejo, nacido en Loja el 26 de febrero de 1931; hijo de Alberto Sotomayor Añasco y de Adela Espejo Vallejo.
Supe la infausta noticia por un mensaje difundido entre los lojanos residentes en Quito por parte de Pepe Riofrío Suárez, resaltando que Carlos Alberto “El Niño Dios” Sotomayor” fue un hombre muy apreciado en el seno de la Asociación Lojana, a la que se entregó con alma, vida y corazón desde 1970, poniendo de manifiesto que era un aferrado querendón de su tierra natal.
Las notas de consternación se manifestaron de inmediato, una más sentida que otra. Camilo Valdivieso fue elocuente al recordar que siempre conservó su identidad lojana, sencillez y bonhomía, que sumadas a su notable pasado futbolístico le granjearon la simpatía y amistad de todos quienes lo conocimos.
A Carlos Alberto conocí precisamente en la Asociación Lojana de Quito, cuando tenía su sede en el Pasaje María Eufrasia y Mosquera Narváez. Con su pana Luis Chauvin Hidalgo eran el soporte fundamental para el desarrollo de una de las instituciones privadas de acogida provincial más respetables y prestigiosas del Ecuador.
Ese reducto, constituido en territorio de la provincia de Loja, dio cabida a importantes eventos culturales y artísticos, acorde con el prestigio que distingue a los lojanos; y, claro está, desde sus inicios ha sido la Casa de Loja en la que los lojanos hemos confraternizado con la calidez que infunde el paisanaje.
Bien vale recordar la proficua labor cultural de Hugo Guillermo González cuando presidió la Comisión de Asuntos Culturales de la Asociación Lojana, en 1957, quien gestó la magistral “Revista Loja”, órgano oficial institucional. También es preciso evocar que fue en esa sede que el ilustre poeta, novelista y periodista lojano, Alejandro Carrión Aguirre, dio su famoso discurso “Ser Lojano”, el 18 de noviembre de 1979, incorporado luego a su libro “El Último Rincón del Mundo”.
En la actualidad, la Asociación Lojana de Residentes en Quito, presidida por la talentosa y dinámica Ingeniera Eleonor Palacios Álvarez, ha preservado el prestigio institucional por todo lo alto.
A Carlos Alberto Sotomayor Espejo se lo conocía como el “Niño Dios”, un legado de su padre Alberto Sotomayor Añasco, propietario del famoso establecimiento comercial denominado “Almacén de los 5.000 artículos”, ubicado en la planta baja de lo que entonces fue la Casa de la Corte Superior de Justicia, hoy Museo de la Cultura Lojana, frente al Parque Central. En cada edición del semanario El Cisne, que circuló con muy buena aceptación entre 1966 y 1968, publicaba un aviso comercial de regular tamaño en el que promocionaba al menos cien de esos cinco mil artículos.
Se decía en el seno familiar que, en alguna velada religiosa, Alberto Sotomayor padre, con pocos meses de nacido, las hizo de Niño Jesús y que desde allí le atribuyeron el apelativo de Niño Dios. Con el tiempo fue transmitido a su hijo Carlos Alberto por añadidura. Los dos lo aceptaron de buena manera porque era atractivo, pero sobre todo porque pertenecía al Reino Celestial.
Sabía de la notable trayectoria deportiva de Carlos Alberto Sotomayor Espejo por referencia de notas y artículos periodísticos, como el de Fernando Vire Riascos quien escribió sobre “Los tres grandes del arco”, destacando los nombres de los lojanos Luis Alfredo Carrillo y Carlos Alberto “El Niños Dios” Sotomayor, así como el de Hugo Mejía, nacido en Portovelo, pero que desde su niñez vivió en Loja.
En otra nota se resalta la forma espectacular como volaba para atajar el balón y el hecho de ser uno de los pocos futbolistas que se mantuvo activo por veinte y siete años, tiempo en el cual disfrutó de inolvidables anécdotas y conoció a mucha gente, algunos de los cuales fueron grandes amigos.
Pero lo más importante en su vida deportiva fue que conoció a la hermosa dama lojana Enith Vaca Pareja, con quien contrajo matrimonio procreando cuatro hijos: Fernando, Noemí, Fabián y María Enith, quien conoció de cerca las vivencias de su padre y conserva como tesoro un archivo fotográfico y de valiosos apuntes.
Fue precisamente con María Enith Sotomayor Vaca que tomé contacto para encarecerle me permita conversar sobre la vida de su querido padre, con la advertencia de que fue mi gran amigo.
Dijo que Carlos Alberto fue seleccionado en básquetbol y futbol desde el primer curso del Colegio La Dolorosa de esta ciudad, destacando siempre por su calidad deportiva. A los 13 años de edad, en 1944, fue parte del equipo Juventud Antoniana del barrio San Francisco. Los partidos se desarrollaban en la improvisada cancha que quedaba en lo que hoy es el Parque Bolívar, y poco tiempo después en el precario estadio construido en el sitio que conocemos.
Por aquel tiempo los principales equipos locales eran: Liga Deportiva Bernardina, Liga Deportiva Universitaria, Club América, Club La Vanguardia, Amazonas, Cabo Minacho, España y Guante Rojo, perteneciente a la Sociedad Obreros de Loja. Carlos Alberto formó parte de ese equipo cuando apenas frisaba los 14 años y siempre lo extrañaba.
En 1948 integró la selección de Loja en el VII Campeonato Nacional de Futbol realizado en Quito. Obtuvieron el vice campeonato luego de jugar un gran partido. Lamentablemente salió lesionado al finalizar el primer tiempo y estaban empatados a 2 goles. En el segundo tiempo ingreso como arquero el presidente de la delegación, un señor de apellido Álvarez, con uniforme improvisado y sin preparación alguna, ya que no tenían arquero suplente.
No cumplía los 18 años cuando lo llevaron a la ciudad de Guayaquil para que sea parte del equipo Everest, de mejor raigambre que los populares Barcelona y Emelec. En el equipo rojo conoció a Alberto Spencer con quien compartió algunas temporadas. “Spencer era el negro más lindo que haya conocido. Nos hicimos tan buenos amigos, a tal punto que siempre estábamos pendientes el uno del otro”, dijo en algún momento con nostalgia.
En 1957 fue preseleccionado del Ecuador para el Campeonato Sudamericano de Selecciones, que luego se transformaría en la Copa América. Luego, en 1958 paso al club Patria de Guayaquil con el que consiguió el Campeonato en forma invicta, junto a figuras como: Merizalde, Saeteros, Gambina y Raimondi. Posteriormente se incorporó a la Universidad Católica de Quito, donde compartió con figuras de renombre.
Su hija dijo emocionadamente: mi padre era un caballero del fútbol, nunca fue sancionado ni expulsado. Este hecho es digno de resaltar ya que creo constituye un record nacional.
Una vez que dejó la actividad de futbolista activo se dedicó a transmitir sus conocimientos y experiencias como entrenador de la selección de Loja y entrenador de arqueros en la selección del Ecuador.
En la brillante trayectoria deportiva de nuestro querido coterráneo, no ha faltado el fantástico humor de Luis Chauvin Hidalgo, quien cuenta que Carlos Alberto, luego de un partido de fútbol en el Estadio Capwell ante un equipo alemán, en el que estuvo como nunca, saltando en el arco como gacela en celo y tapando los tiros más increíbles, se dirigió a su domicilio encontrando que el edificio vecino estaba en llamas.
En el tercer piso una señora pedía auxilio abrazada de su tierno hijo. Alberto le gritó: “Señora, lance el bebé, yo soy arquero. La señora no quería desprenderse de su hijo, pero mucha gente reunida al pie del siniestro le gritó varias veces: Señora, lance el bebé, aquí está el “Niño Dios, el mejor arquero del Ecuador, él lo salvará. Ante tanta insistencia la señora lo lanzó por la ventana. El “Niño Dios” hizo gala de una de sus espectaculares voladas y logró atraparlo en el aire ante el asombro de los espectadores que gritaban eufóricos: “Viva Alberto Sotomayor”.
A partir de 1970 se dedicó por entero a su familia y a su querida Asociación Lojana 18 de Noviembre. No obstante, transcurrido el tiempo se le presentó la oportunidad de trabajar en la extinta CETURIS y en la Presidencia de la República. Pocos años después, nuestro común amigo, Sebastián Valdivieso Cueva, auténtico embajador al servicio de los lojanos en Quito, lo invitó para que trabajara en el Tribunal Provincial Electoral de Pichincha, ejerciendo sus funciones hasta el día de su jubilación.
Recordando lo que dice Isabel Allende: “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan…”, le decimos a Carlos Alberto que él perdurará en nuestro recuerdo como un hombre de bien, amigo fiel y deportista insigne de esta tierra a la que tanto amó.
