El baúl de los recuerdos: Recordando a Segundo Cueva Celi

Efraín Borrero E.

El diecisiete de abril venidero se cumplirá cincuenta y cinco años del fallecimiento de Segundo Cueva Celi, uno de los personajes más representativos en la historia musical del Ecuador del siglo XX, y excelso ícono de la lojanidad.

Sobre él se ha escrito en abundancia resaltando la inefable sensibilidad de su inspiración, compatible con la naturaleza de su maravilloso ser, y destacando sus más de tres mil composiciones que rayan el límite de la perfección y constituyen patrimonio nacional, además de ser el recuerdo imperecedero de su genialidad.

Cuando se conoció la infausta noticia el día 17 de abril de 1969, las muestras de hondo pesar fueron múltiples. Instituciones públicas y privadas se hicieron presente con acuerdos y notas de condolencia. Varios distinguidos articulistas e intelectuales convirtieron la palabra en congoja y rindieron homenaje de admiración y reconocimiento al Maestro, tres de los cuales cito a continuación:

Alejandro Carrión Aguirre: “Hace ocho días, antes de cumplir sus setenta años, murió el cantor del sur, Segundo Cueva Celi, un hombre cuya vida fue íntegramente dedicada a la belleza. Nadie ha creado pasillos más hermosos que Segundo Cueva Celi. “Vaso de lágrimas”, él solo cubre todo un capítulo de la canción popular. Esas canciones que comienzan: “concluir el idilio fue imposible…”, “si fuiste para mi fuente escondida…”, no morirán jamás. En una de ellas fui yo su colaborador. Se trata de “Pequeña ciudadana”, una canción que parece que tampoco va a morir. Nació hace ya tantos años –son en este de 1969 justamente 30 años- y sigue juvenil, saudosa, jocunda, brotando de los labios de los ecuatorianos. Hombre bueno y gentil en toda la extensión de la palabra, el amable creador me oyó con santa paciencia, leyó el poema y lo encontró el más bello que le habían propuesto como letra para una canción. Tras leerlo varias veces, escogió tres estrofas, una del comienzo, otra del medio, otra del final, que hacían, a su vez, un todo armonioso y se sentó al piano canturreándola. Cuento esto, que ayuda a comprender al ilustre maestro, en homenaje a su memoria, seguro de la inmortalidad de su obra y lleno de profunda tristeza, porque si el Ecuador ha perdido un artista inigualable, y el sur su más alto y entrañable cantor, yo he perdido un hermano”.

Carlos Enrique Carrión Aguirre: “Segundo Cueva Celi era su nombre. Cada vez que se lo pronuncia brota un surtidor de melodías puras y apasionadas. Pocas veces la música del pueblo ecuatoriano llegó a límites de perfección como la que logró imprimirle el gran artista. Cada una de sus producciones corresponde a una medalla de oro que le otorgaron instituciones del país y del extranjero, como una muestra palpable del sentimiento que despertaban. Son suaves y delicadas sus melodías, y a veces no se sabe si está escuchando el nacer de una fuente de armonía, el latir de un corazón enamorado, o percibiendo el perfume de cien rosas de otoño. Loja lleva el poético nombre quichua de “Cushibamba”, que vuelto a nuestro idioma quiere decir “Valle de la meditación y la alegría”. Pero fue tanta la influencia del artista Cueva Celi que su arte musical fue suficiente para que sea en adelante el “Valle de la meditación y la armonía”. Junto a su tumba pura y sencilla habrá siempre un coro de ángeles entonando su música celestial, reflejo de un alma grande, dedicada al arte, a la virtud y al bien”.

Jaime Rodríguez Palacios: “Alma en perenne éxtasis artístico: captora de los recónditos estremecimientos del espíritu; agua clarísima cayendo siempre sobre el pentagrama nacional, fue la del maestro Segundo Cueva Celi. Ahora, cuando sobre el polvo de los días el viento arremolina las hojas del lamento y su aire de nostálgicos arpegios embadurna de ausencias el pulmón del pasillo ecuatoriano, he querido, a nombre del grupo “Baluarte” —que él conoció y amó entrañablemente— consignar desde esta columna una íntima y sencilla nota de dolor por su deceso, aunque al hacerlo se cuele por el filtro gris de la memoria, la triste evocación de la música que puso a algunas de las composiciones poéticas de quienes bajo la dirección de Carlos Enrique Carrión, formamos un conjunto de inquietos diletantes en el centenario plantel de la recoleta urbe sureña, y cuelgue también anochecidos cortinajes en los desolados corredores del espíritu. Sea la paz, luz en sus ojos de esteta y de rapsoda lírico, allá donde el silencio y el sonido se funden en la caldera de la sublimidad más plena”.

Bien merece reiterar lo dicho por la prestigiosa escritora chilena, Isabel Allende: “La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo.”