El baúl de los recuerdos: Sigifredo Camacho y la belleza artística

Efraín Borrero E.

En la parroquia Gonzanamá, cantón del mismo nombre, existe un pequeño barrio rural llamado Paluco, envuelto en un bello entorno natural con distintos tonos de verde Está circundado por colinas que miran hacia los barrios aledaños de Luginuma, Canchinamaca y Santa Bárbara. Hacia la parte baja el estrecho valle está bañado por las aguas de la quebrada Luginuma.

Todo ese vasto sector es encantador, incluidos los paisajes que brinda la parroquia Changaimina. Ahí están las famosas “Pailas Rotas” ubicadas en el límite con el cantón Quilanga. Se trata de un “riachuelo que se desliza por un acantilado rocoso, que con el paso del tiempo y el correr del agua han permitido que esta roca se vaya moldeando caprichosamente generando orificios de tres metros de profundidad, con forma de pailas”. 

Algo parecido son las piscinas naturales de Pindal, la “Capital Maicera del Ecuador”, que igualmente se han formado entre gigantes rocas de origen volcánico que componen una serie de saltos de agua en sucesivas represas o cascadas naturales.

Es que toda nuestra provincia brinda rincones paradisíacos que debemos conocer, siguiendo el ejemplo de Vicente Rodríguez Witt que prefería visitar lo nuestro y fascinarse con sus campiñas y ríos.

Además, Loja es una provincia pródiga que generosamente ha puesto a nuestra disposición tierras fecundas que permiten el aprovechamiento de productos altamente cotizados. Para muestra un botón: En el siglo XVIII la cascarilla lojana fue la preferida en el mundo por sus bondades curativas y constituyó un aporte invaluable a la medicina universal. Así mismo, desde hace algunos años el café lojano se ha posicionado en el primer lugar a nivel nacional y se ha prestigiado internacionalmente; de igual forma, la fama del arroz macareño es conocida en todo el país por su sabor, calidad, rendimiento y porque se realizan dos cosechas anuales.

En ese pequeño y sencillo pueblo Paluco nació un hombre sobresaliente: Sigifredo Camacho Briceño, el veinte y cinco de julio de 1956. Lo conocí por intermedio de una mujer virtuosa en toda la extensión de la palabra: Alicia Ochoa Valdivieso, a quien admiro por su brillante trayectoria como educadora y de servicio público; su inquebrantable defensa de los derechos de la mujer y la equidad, y su exquisita y sensible palabra.  

Sigifredo proviene de una familia numerosa siendo el penúltimo de diez hermanos. Me confesó que el sustento del hogar fue siempre el amor y afecto de sus queridos padres ya fallecidos. Su padre se dedicaba a labores agrícolas y su santa madre, como así la menciona, era una hábil artesana quien con sus destrezas confeccionaba las tan renombradas alforjas campesinas tejidas de hilos multicolores.

Dice que a su madre le debe el maravilloso don del arte, porque la urdimbre grabó en su retina valiosísimas lecciones para aquello que a futuro vendría a desarrollar en la actividad artística.

Por esa época de inicios de 1960, en la que Loja padecía una desalentadora realidad vial y sin energía eléctrica rural, su vida discurría entre el ir y venir de la escuela a su modesta morada, por senderos y caminos de herradura por donde se transitaba a pie o a lomo de mula. Me comentó varias peripecias, especialmente cuando los fuertes aguaceros lo empapaban completamente.  

Sigifredo frecuentaba la sencilla casa de Cesario Chamba, un anciano que pasaba la mayor parte del tiempo sentado en una banca del portal. Le encantaba escuchar sus historias de tiempos pasados convencido que los ancianos son un repositorio de experiencia y sabiduría.

Transcurrido el tiempo y por los avatares de la vida tuvo que emigrar a la ciudad de Loja en pos de mejores días junto con su madre y una hermana. Atrás quedó la cotidianidad de su vida campestre que marcó la idealización de su ser bucólico, y de hecho se dispuso a enfrentar un nuevo reto que para su sensibilidad fue significativo.

Concluyó sus estudios secundarios y sorteó la decisión de seguir su formación universitaria. Siguiendo el consejo de allegados ingresó a la carrera de Bellas Artes en la Universidad Técnica Particular de Loja, de la que años después fue su meritorio profesor junto con Estuardo Figueroa Castillo, Claudio Quinde Morocho, Fabián Figueroa Ordoñez y Carlos Mena, entre otros plásticos y ceramistas de prestigio regional y nacional.

Sigifredo me aseguró con absoluta convicción: “Allí fijé mi residencia, casi literal, porque fundé promisoriamente lo que hoy forma parte esencial de mi existencia: la actividad artística”.

Arraigado a la querencia de su terruño constantemente regresaba a Paluco como queriendo retrotraer el tiempo y recordar momentos felices de su niñez y adolescencia. Decía el gran amor de Frédéric Chopin, la escritora francesa conocida con el pseudónimo de George Sand: «El recuerdo es el perfume del alma».

En uno de esos viajes, un lugareño que fuera donante del terreno donde está construida la iglesia de Luginuma, barrio cercano a Paluco, le pidió que pintara un santito que adornara el interior, ya que se había enterado que era pintor, aceptando gustoso la propuesta. Pero había pasado una veintena de años para que esa promesa se cumpliera, y no sería la pintura de San José como se le solicitó en ese entonces, sino que produjo una valiosa serie de obras del Viacrucis que hoy se pueden apreciar y admirar en esa pequeña iglesia.

Sigifredo me confesó que emigrar ha sido su constante, como haciendo camino al andar. Eso se evidencia en las decisiones que adoptó años después con miras a buscar nuevos espacios para el arte. Así, en 1989 se trasladó a la ciudad de Quito en donde fijó su nueva residencia junto con su familia. Poco tiempo después realizó viajes y giras artísticas por Perú, Colombia y Venezuela. En este último país se radicó durante un año en Caracas, en donde estableció contactos con varios colegas del ámbito artístico y coterráneos emigrados hacia el país llanero

Pero fue en los años 2006, 2008 y 2010 que dio el gran salto al decidir armar maletas rumbo a Italia, ávido por conocer de cerca el arte creado por genios y talentos en las diversas etapas de florecimiento artístico cultural, así como nutrirse de todo cuanto le interesaba para su oficio.

Atrapado por la riqueza cultural y artística de Italia, que es el país en el mundo con mayor número de lugares declarados como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se radicó definitivamente en Versilia, provincia de Lucca, región Toscana, en el 2011, año en el cual inició la maestría en escultura en la reconocida Academia de Bellas Artes en Carrara, cuyo diplomado lo obtuvo en el 2014.

Su estadía en Italia ha sido muy bien aprovechada, porque además de enriquecer su acervo cultural y artístico, y conocer a grandes de la plástica internacional, ha sido la coyuntura para exponer su producción artística en varias galerías y museos europeos, sumando exposiciones a las realizadas en Estados Unidos, Venezuela y Perú, constituyéndose, como bien se ha dicho, en el “embajador del arte ecuatoriano”.

Los entendidos dicen que Sigifredo Camacho se caracteriza por pintar obras de distintos géneros y técnicas, contándose murales de gran formato. Que en el campo del retrato se maneja con gran maestría y que desde hace algún tiempo su obra pictórica es la abstracta, resaltando que su colorido y diseño está basado en raíces de la cultura andina. Su talento como escultor es otra faceta importante en su vida artística, especialmente desde que se graduó en la Academia de Bellas Artes de Carrara.

Sus obras están repartidas en colecciones públicas y privadas de varias ciudades de América, Australia y Europa, y son muy bien cotizadas. En cada uno de esos sitios resalta la marca Ecuador.

Me comentó que los viajes realizados encontraban explicación en la imperiosa necesidad de buscar respuestas a sus “permanentes incógnitas existenciales: de dónde, cómo, para qué y donde voy”, como trazando rasgos de su filosofía de vida. Bien caben los versos de José Martí:  «Yo vengo de todas partes, / Y hacia todas partes voy. / Arte soy entre las artes, / En los montes, monte soy».

A pesar de la distancia no ha dejado de visitar su patria ecuatoriana cuantas veces le ha sido posible, y por supuesto, a su querida e inolvidable Loja ciudad en la cual fundó su vocación artística, como una y otra vez ha hecho notorio.  

Sigifredo reconoce con humildad que todo lo que ha podido realizar en su vida particular y artística, se lo debe a la solidaridad de personas altruistas que encontró en cada lugar a donde ha ido en pos de conquistar horizontes de grandeza, gracias a la constancia, sacrificio y entrega permanente para materializar cada sueño y cada idea que han arribado a su mente.

Cuando me despedí de Sigifredo Camacho Briceño, agradecido por la generosidad de su atención y paciencia, me quedé con la seguridad del hombre brillante, expresivo, gentil, sencillo y con una grandiosa connotación artística, cuyo nombre se suma a la pléyade de insignes hombres y mujeres gonzanameños que han dado lustre a la provincia de Loja y el país, y es orgullo de todos los lojanos.