La capacidad de lectura en profundidad gracias al enamoramiento con el texto

Galo Guerrero-Jiménez

Todo amor se aprende buscando las maneras de adecuarse, de comportarse y de realizarse en ese espacio que da cobijo a quien lo busca para realizarse en una especie de hermandad profundamente sentida y valorada al más alto nivel de compromiso personal de sus practicantes. Esto es lo que le sucede al lector que, dentro de un continuo aprendizaje en contacto con el texto, llega a enamorarse; desde ese estado emotivo, pensado, actuante, refrescante, aprende a disfrutar relajadamente de la compañía intelectual con el texto. Si ese enamoramiento no se da, no hay acercamiento al texto, así lo tenga en sus manos; es decir, no aparece el principio de interacción, tan vital para el enamoramiento, el acercamiento y el disfrute, que son los que iluminan la percepción intelectual para tener acceso al conocimiento desde un regocijo personal que el sujeto receptor lo asume desde una narratividad micropolíticamente acomodada discursivamente en su cognición.

Pues,  el enamoramiento con el texto nos lleva a una lectura en profundidad dado “el firme discurrir de las palabras, al hablarse a sí mismas, descubre, en ese reflejo, el trivial y, a la par, maravilloso suceso de la mente: la capacidad de afirmar, de negar, e incluso de dudar” (Lledó, 2023), de preguntarse, de hablar consigo, reflexionar e hilvanar infinidad de ideas, puesto que el lector enamorado (tal como lo afirma Montaigne, citado por Manguel), sabe que “los libros tienen muchas cualidades agradables para los que saben elegirlos, pero no hay bien sin esfuerzo: no es un placer claro y puro, no más que cualquier otro; causa incomodidades, y muy pesadas; el espíritu se solaza, pero el cuerpo, cuyo cuidado no he olvidado, permanece inactivo, se fatiga y languidece” (2007) por el exceso de largas horas de enamoramiento leyendo fructíferamente en profundidad, gracias al sentido que encuentra en el discurso narratológico.

Sin embargo, esta floración del pensamiento para leer en profundidad se ve amenazada por el régimen de la información digitalizada, en especial por los que utilizan las redes sociales; ellas “han reducido la capacidad de concentración que la gente previamente había entrenado dentro del sistema educativo mediante la lectura de textos impresos (…). [Aunque,] de vez en cuando experimentamos brotes de alta concentración en el uso de las redes sociales, gracias a lo cual somos capaces de procesar gran cantidad de información en poco tiempo, y consecuentemente, podemos orientarnos rápido y eficazmente en el entorno al que esta información se refiere” (Kovac, 2022), pero con una tensión en la que el disfrute no aparece articulado narrativamente.

Estas dos grandes realidades tecnológicas: la del régimen informacional y la del texto impreso, nos hace pensar que “el peligro que amenaza en el entorno de pantalla es que la lectura global de información como modo asumido de lectura avasalle a la capacidad de lectura en profundidad y que ya no seamos capaces de activarla ni en casos de lectura de textos en forma impresa. Sin esta capacidad, de nada nos servirán los datos procesados con tanta eficacia” (Kovac, 2022) y, por ende, con el vacío de no sentirse atraído para entender el espíritu de narratividad y de atracción que subyace desde la flexibilidad de pensamiento cuando, desde el estado de enamoramiento, afinamos nuestra sensibilidad para anular la información y activar nuestra capacidad narrativa como una forma de vivir y de ser. “Deberíamos ser conscientes de que, en el fondo, pensar no es otra cosa que narrar, y de que el pensamiento avanza con pasos narrativos” (Han, 2023), elocuentes, finos, dialógicos, existentes y ardientemente placenteros; pues, el brío del texto, como señala Roland Barthes (2015), está en su voluntad de goce, porque se instituye en el seno de una relación humana, marcadamente narratológica.