Galo Guerrero-Jiménez
Así como la palabra en sus múltiples variantes idiomáticas es parte de la naturaleza del ser humano; por extensión, la lectura, a través de un texto, debe ser consustancial, tal como en las sociedades tradicionales “quienes manejan los precarios mecanismos de producción cultural son aquellos que están en directa comunión con las fuentes del conocimiento: los que, en una palabra, se encargan de los asuntos del espíritu. El dominio de la cultura, luego, no es otra cosa que el dominio del espíritu” (Laje, 2022), es decir, de la importancia micropolítica de la cultura que ha creado esa sociedad con la finura que el espíritu humano es capaz de desarrollar individualmente desde una adecuada motivación, considerada como una puerta que solo se abre desde dentro de cada lector, para saborear la profundidad de la palabra encarnada.
En esencia, esa calidad espiritual que una cultura logra crear para entrar en comunión con las fuentes del conocimiento autoral -tanto del que crea el texto, cuanto del que lo lee-, se enmarca en ese poder de decisión, de voluntad, de libertad y de ese prurito especial que, cognitiva y metalingüísticamente, la inteligencia intelectual y espiritual desarrollan desde la más alta emotividad personal, dado que “no solo capacita para vivir experiencias cumbres como la vivencia religiosa, estética y ética, sino que es útil para la vida práctica, para manejarse en los problemas cotidianos, afectivos y laborales” (Torralba, 2010), en virtud de que, cuando el escritor y el lector lograron compenetrarse de esa sustancia espiritual, los vuelve “más abiertos y permeables, capaces de conectar con el fondo de los otros. (…) [Puesto que, los] capacita para el pensamiento existencial y crítico, faculta para contemplar críticamente la naturaleza de la existencia, la realidad, el universo, el espacio, el tiempo” (Torralba).
Por lo tanto, un ente motivado gracias al desarrollo micropolítico de su componente espiritual, hace que el conocimiento labrado desde la palabra escrita, ya sea científica, humanística y, en especial, literaria y/o filosófico-cultural, se convierta en una pieza artística, dado el componente estético-lingüístico, e incluso pedagógico que logra despertar en el lector, dada la sobriedad que esa palabra engendra en el estatus espiritual para suscitar asombro, relajamiento y otros componentes muy propios que le son inherentes en cada lector y que, son los que lo llevan a la reflexión y a la experiencia crítica de esa cultura en la cual convive el escritor y el lector.
En este orden, ese componente espiritual que ha hecho posible el acercamiento al texto para, en efecto, aprender a valorarlo y, por ende, a disfrutarlo desde un estado de relajación, el cual llega a crear un contexto narrativo, es decir, una tonalidad o estilo personal que, como producto de su trayectoria bio-psico-socio-cultural, “acumula toda una riqueza en experiencia y sabiduría, donde los vivos encuentran indicaciones sobre lo que deben hacer” (Han, 2023), cómo hacerlo y para qué hacerlo en medio de una sociedad que ya no es narrable, sino informático-virtualizada.
De ahí que, ese estado espiritual, que no es otro que ese gran silencio que necesita nuestro estado mental para dejarse impactar por la otredad de la palabra que consta en un texto escrito e “impreso en papel, respetuoso de la ortografía, la puntuación y la sintaxis, escrito en ocasiones con una evidente pasión literaria, a mí me cuesta trabajo deshacerme de ellos” (Berardinelli, 2016). Por eso, como testimonia Irene Vallejo, “a los lectores de hoy, la biblioteca de Babel nos fascina como alegoría profética del mundo virtual, de la desmesura de internet, de esa gigantesca red de informaciones y textos, filtrada por los algoritmos de los buscadores, donde nos extraviamos como fantasmas en un laberinto” (2021) de información apabullante y, por ende, desvinculante de ese estado espiritual tan óptimo para seguir viviendo con asombro.
