Leer nos ayuda a ser y mejora nuestro estar

Galo Guerrero-Jiménez

Esta frase que encabeza el titular de este artículo la encontré en la presentación del libro que hace Daniel Fernández, presidente de la Federación de Gremios de Editores de España, consignada en el texto virtual La lectura en España. Informe 2017, coordinado por José Antonio Millán. Pues, de entre tantas y tantas frases que sobre la lectoescritura aparecen en infinidad de documentos escritos y en boca de especialistas en el tema, a esta sentencia la considero supremamente acertada en cuanto hace alusión a esas dos grandes dimensiones en las que el ser humano labra su existencia: su vida espiritual que, por cierto, abarca a toda su dimensión subjetiva, pensante y cognitivo-emocional y estético-ética; y, a su vida material, a través de la cual, en efecto, puede lograr una existencia exitosa, en cuya condición corporal, delimitada por el espacio, el tiempo y su accionar ecológico-contextual, puede, el ser humano, fraguar acciones de vida encaminadas a desarrollar sus dimensiones trascendentes desde su postura corporal y mental, no tanto para mantenerse vivo, sino, esencialmente humano.

Sin embargo, por más que se pregone que la lectura nos ayuda a ser en nuestro estar existencial, confluyen otros aspectos materiales y subjetivos para que no se pueda trabajar en orden a la frase que encabeza este artículo; en especial, con niños y jóvenes que viven inmersos en las pantallas, dada la arremetida descomunal de la informatización electronal y digitalizada que choca contra todo principio en el desarrollo educativo de nuestra condición humana, cuando esta es utilizada en exceso, tal como lo plantea el investigador francés Michel Desmurget en su atinado libro de investigación digital titulado La fábrica de cretinos digitales:

“Las investigaciones sobre el uso lúdico de las pantallas ponen de manifiesto la larga lista de sus efectos nocivos, tanto para los niños como para los adolescentes. Todos los pilares del desarrollo se ven afectados: desde lo somático, es decir, el cuerpo (con consecuencias para la maduración cardiovascular o el desarrollo de obesidad, por ejemplo) hasta lo emocional (con agresividad o depresión, entre otras secuelas), pasando por lo cognitivo, o sea, lo intelectual (con efectos sobre el lenguaje o la concentración, entre otros aspectos). Y lo más probable es que todos estos daños tengan un impacto en los resultados académicos. Es más, parece que las actividades digitales con fines didácticos que se realizan en clase tampoco son especialmente beneficiosas” (2024).

En consecuencia, si todos los pilares del desarrollo humano en niños y jóvenes  son afectados por el uso excesivo de las pantallas, con mayor razón, hay que continuar con la tarea ineludible de leer un texto en físico, haciendo todo el esfuerzo posible para adquirirlo, sobre todo en las aulas de la escuela, de la secundaria y de la universidad, para que se estudie desde esta perspectiva en físico; o si se lee en pantalla, como en efecto, no es posible alejarse totalmente de esta herramienta que hoy marca el destino intelectual y de todo orden material y comercial, que sea para que se cumpla la sentencia, tan armónica de la frase que cita Daniel Fernández, y que aquí la parafraseo: leer para que aprendamos a ser personas de bien, de manera que mejore nuestro estar en la vida cotidiana que cada uno lleva a cabo en su diario vivir.

En efecto, tal como se señala en este informe 2017 sobre la lectura en España, y válido en todo lector del planeta: “Una sociedad lectora es una sociedad que prospera, material y hasta, si me permiten la expresión, espiritualmente. (…), pues la capacidad de comprensión lectora es consustancial al desarrollo humano y la llave que abre la puerta de la información y el conocimiento” (Fernández, 2017), lograrán, en efecto, la contundencia acertada de que, en la vida práctica de nuestra intelectualidad, “leer nos ayuda a ser y mejora nuestro estar”.