Benjamín Pinza Suárez
La auténtica democracia es aquella que tiene como fin superior alcanzar los niveles más altos de participación, inclusión y justicia social y acortar esa enorme brecha existente entre ricos y pobres. Alcanzar una sólida democracia debería ser el anhelo de todos los pueblos que aspiren a un buen vivir y entenderse como sociedad solidaria y civilizada. Aristóteles creía que una democracia participativa no podía tolerar grandes diferencias en la distribución de la riqueza y consideraba como la mejor alternativa, la reducción de la pobreza. Contraria a esta posición, Madison, el padre de la constitución estadounidense, sostenía que la desigualdad económica y la democracia participativa no pueden coexistir por lo que recomendaba la reducción de la democracia, convencido que el poder debía recaer en aquellos que poseían la riqueza de la nación. Estos dos conceptos antagónicos de democracia son los que, a la final, se imponen, dependiendo de quienes ganen una elección.
Desde una perspectiva progresista y profundamente democrática, los gobernantes que lleguen al poder están obligados a reducir la pobreza y a abrir los más amplios espacios de participación política y ciudadana y hacerlo con sentido de Patria; porque muy bien lo decía Benjamín Carrión que la Patria es “como la madre que despierta y aviva el amor de sus hijos con el anhelo sincero de servirla, honrarla, engrandecerla, llenarla de altivez y fortalecerla con su historia limpia”. Por ello, creemos que la mejor democracia es la presencia del pueblo en las urnas que, con su voto reflexivo, consciente y responsable, exija con firmeza y altivez al mandatario elegido, el cumplimiento pleno de sus propuestas de campaña para no ser víctimas de mentiras, engaños y perversas manipulaciones que no solo hacen daño a quienes le confiaron su voto, sino a todo un pueblo, condenando de esta manera al país a la ausencia de obras, al retraso y a una imperdonable crisis de toda orden.
Para ello, instituciones como el CNE y el Tribunal de lo Contencioso Electoral deben estar integrados por personas probas, honorables y revestidos de los más elevados principios democráticos para poder ser los legítimos garantes de estos procesos democráticos y a los que todos debemos estar sujetos si realmente nos consideramos demócratas. En democracia alguien gana y alguien pierde. Ese es el juego limpio democrático y para ello, no se requiere reunirse a puerta cerrada con asesores extranjeros.
Hay que rechazar todo acto de irrespeto a la institucionalidad porque ello genera violencia y nos pone a pelear entre hermanos, olvidando que nuestros mayores enemigos son la pobreza, la desigualdad y las inequidades. Hay que actuar con decencia y no con metadiscursos, culpando a otros de sus mediocridades o de corruptos, cuando se tiene pecado propio. Cuando los grupos de poder no pueden conseguir apoyo en las urnas, recurren a los peores actos de intolerancia y violencia y, en esa lógica, quien pierde, es la democracia. Hay que emprender campañas nacionales a favor de la institucionalidad, de la cultura de la paz, la tolerancia y los grandes ideales.
Decía Voltaire que Jesucristo y Sócrates lucharon por las causas más nobles de la humanidad, pero fueron víctimas del odio enfermizo, culpándolos de todo; sin embargo, predicaron la paciencia, la tolerancia, la indulgencia y ambos, aceptaron estoicamente el sacrificio de sus verdugos. Estos episodios se repiten en países donde la democracia no ha madurado, ni la cultura es la norma de los pueblos, por lo que se carece de reflexión para valorar a aquellos que lideran auténticas políticas de reivindicación social y de profundo contenido humanista.
