Galo Guerrero-Jiménez
Hacer de la información una narrativa, una poética, una tonalidad, un estilo muy personal para percibir el mundo desde la vibración de las palabras que aparecen sonoras en ese conjunto de páginas que nos invitan a ser leídas para identificarnos con las raíces más humanas que la vida posee y que están alojadas en lo más profundo del ser y que, por ende, necesitan ser captadas, sentidas y valoradas desde la conciencia cognoscitiva de quien lee para engrandecer su capacidad de pensamiento.
Como señala David del Rosario, “no es lo mismo pensar que pensar y ser consciente de que estás pensando. No es lo mismo amar que amar y ser consciente de que están amando. No es lo mismo vivir que vivir y ser consciente de que están viviendo” (2019). Es decir, no es lo mismo seguir las palabras en un texto para memorizarlas, que “verlas” y sentirlas cómo vibran en el campo mental de cada lector que al percibirlas desde su estética más sentida y desde su propia lógica cognoscitiva, van creado una belleza interior, silenciosa, con una cadencia en la que el ritmo del pensamiento va encaminado a disfrutar, pensando en que el otro, es decir, el texto, conforma una compañía de riquezas en las que el orden terreno de las cosas percibidas en cada palabra, florece desde la propia naturaleza de sus ser que, psicológicamente, siente el placer mental de una pasión personal por esa exquisitez de lenguaje leído, vivido con la pasión del amante que siente en su corporalidad el ritmo sonoro de un nuevo lenguaje.
Por supuesto, “la verdadera memoria vital tiene un solo órgano: la mente, la psique y el cuerpo humano, el uso de los ojos y de las manos, el vínculo entre el espacio, el tiempo y la causalidad física. Los textos los tejidos de palabras, su estabilidad y su repetición, son como una tela, un estrato de la vida mental y social” (Berardinelli, 2016), creados y vividos por esa memoria vital del lector que percibe el mundo para vivirlo textualmente, tal como el encuentro entre las personas que, en familia, o en esa relación social, se desenvuelven para saber que existen para compartir su existencia.
Así es el texto que, en manos de un lector asiduo, no encuentra información, sino extractos de vida para un encuentro con la verdad simbólicamente representada y transfigurada por el lector que, desde la concentración de su mente, se apropia de ese espacio de letras y más letras, de palabras tras palabras, tal como en una conversación se disfruta sintiendo la presencia del otro desde una concepción psicológico-social. Pues, en la lectura, “la creación de caracteres vívidos constituye un parte principal del arte del biógrafo, del novelista, del dramaturgo. ¿Cómo podemos leer Hamlet o Crimen y Castigo (…) [u otro libro que guste al lector] sin preocuparnos por la psicología de los personajes?” (Rosenblatt, 2002), que son los que nos hacen sentir las carencias de una vida sana o las riquezas espiritualizas de unos seres que pululan en la mente abierta de ese lector que, como argumental Berardinelli:
“Cuando se transforman las técnicas y las costumbres, el tiempo y el espacio, la materia de la escritura y de la lectura, también se transforman los seres humanos, su cuerpo como su alma: porque en el ‘mundo sublunar’ el alma es cuerpo. Toda pérdida material del mundo físico, para seres de carne y hueso como nosotros, no es, desde luego, algo digno de alabanza, sino una perversión espiritual” (2016) que, en efecto, el escritor (literato, filósofo, investigador o científico) sabe analizarla desde la óptica de su mejor formación, para que el lector trasfigure esa “perversión espiritual”, en una elocuente visión espiritualizada, tal como si fuese “una cámara lúcida que descubre un jardín florido, una luz clara en la oscuridad invernal, una vida en medio de la muerte, una celebración de la vida que vuelve a despertar” (2024) refinada.
