Efraín Borrero Espinosa
En el Ecuador existen colegios fiscales que son emblemáticos y entre ellos unos cuantos se han atribuido el apelativo de “Patrón”. El más sonado, por estar en la capital de la república, es el “Patrón Mejía”. El Colegio Nacional Bolívar de Ambato también dice ser “Patrón”; y, por supuesto, el Colegio Bernardo Valdivieso que es “Patrón” de patrones.
Lo digo con absoluta sinceridad no obstante haber egresado del colegio religioso La Dolorosa, convertido después en Academia Militar. Pero las cosas en su punto reconociendo la trayectoria y el rol preponderante que ha jugado en la vida nacional la hoy denominada Unidad Educativa del Milenio Bernardo Valdivieso.
Evidentemente no hago referencia a un amo y señor o aquel empleador del que dependen trabajadores, sino a “un patrón o modelo de educación forjado a través de la historia; un patrón de enseñanza fortalecido con inmensos logros”; un patrón que ha sido semillero de la intelectualidad, la cultura, el arte y el deporte, además de haber suscitado grandes acontecimientos.
Hablo del “Patrón Bernardo” como el baluarte del conocimiento que ha marcado el paso del tiempo a través de sus estudiantes y maestros, y por cuyas aulas han pasado personajes reconocidos por la patria. Stalin Alvear dice que de él han salido las figuras más cimeras del pensamiento, la literatura y el arte lojanos.
El Colegio Bernardo Valdivieso tiene casi tres siglos de historia lo que confiere a Loja el orgullo de ser la primera ciudad del país en poseer un colegio secundario. Esto ha determinado que casi todos los hogares de la ciudad, a través de sus distintas generaciones, cuenten por lo menos con un miembro de la familia educado en ese establecimiento educativo. En la mía ha habido bernardinos desde mi bisabuelo, en 1827.
El prestigio alcanzado a lo largo del tiempo por este establecimiento educativo, fue determinante para que se le facultara la enseñanza de medicina, hecho ocurrido durante la presidencia de Eloy Alfaro, mediante Decreto publicado el 26 de noviembre de 1895, cuando se llamaba Colegio San Bernardo. En virtud de esa apertura Rosa María Riofrío Peña cursó dichos estudios luego de los cuales el dignísimo y prestigioso médico y formador de varias generaciones, doctor Zoilo Rodríguez Rojas, en su calidad de Rector, le otorgó el título de obstetra y le confirió la investidura para el ejercicio de la obstetricia, el 1 de diciembre de 1901, para citar un caso.
También se le concedió la atribución para la enseñanza de jurisprudencia. Según Alfredo Jaramillo Andrade, el 13 de febrero de 1868, por Decreto Legislativo, se estableció la Facultad de Jurisprudencia anexa al Instituto San Bernardo, pero sin la capacidad para conceder la graduación correspondiente a sus alumnos, hasta que veintiséis años más tarde, con el advenimiento de la revolución liberal, se autorizó legalmente que dicha Facultad confiera grados académicos de licenciado y doctor.
De lo dicho se colige claramente que en su seno fructificó la semilla de lo que años más tarde sería la Universidad Nacional de Loja. Numa Maldonado se expresa con propiedad en uno de sus hermosos relatos: la Universidad Nacional de Loja es “hija legítima del Colegio Bernardo Valdivieso”.
Completando la información, el mismo Eloy Alfaro decretó el cambio de nombre de San Bernardo por el de Bernardo Valdivieso, como justo homenaje a la memoria de su ilustre benefactor, el 5 de septiembre de 1902.
Dos acontecimientos educativo culturales que fueron generados por la Junta del Colegio San Bernardo son dignos de resaltar, y que Máximo Agustín Rodríguez los menciona con énfasis: el primero, la fundación y establecimiento de una Academia de Música, el 23 de septiembre de 1844, que se regía por un Reglamento especial dictado por el Concejo Municipal de Loja, aprobado luego por el Supremo Gobierno con Decreto de 29 de octubre de 1844.
El segundo, el fomento del arte pictórico, para cuyo efecto se nombró preceptor o profesor de ese ramo de bellas artes a don José María Berrú, lojano benemérito y progenitor de artistas, el 2 de enero de 1849. Este hecho dio vida a la Escuela de Dibujo que desde el 6 de diciembre de 1852 acogió a la niñez femenil lojana.
En la década de 1950 se instituyó la banda de música del colegio dirigida por el maestro Segundo Puertas Moreno, de la que fue parte Edgar Augusto Palacios. La iniciativa surgió en el rectorado de Salvador Valdivieso Burneo y continuó con Pedro Víctor Falconí. Ningún establecimiento educativo en el país había logrado ese objetivo. De esa banda salió el conjunto Los Delfines que causó furor en Loja y en los escenarios que se presentó.
En el ámbito deportivo el Colegio Bernardo Valdivieso ha marcado la supremacía en diferentes disciplinas. Muchos de los más sobresalientes deportistas lojanos han sido bernardinos. Recordemos que el equipo de fútbol de Liga Deportiva Universitaria de Loja, que surgió en 1957, siendo rector del Alma Mater Juan Francisco Ontaneda, se conformó con estudiantes deportistas egresados del Colegio Bernardo Valdivieso que se habían inscrito en la Escuela de Medicina Veterinaria y en otras especializaciones de la Universidad Nacional de Loja.
Las exhibiciones públicas de gimnasia rítmica eran espectaculares. Recuerdo lucirse ante la admiración de los espectadores a destacados acróbatas como Bladimir y Norberto Maldonado; Miguel Morales, Rafaél Álvarez, Jorge Guarderas, Kleber Chamba y Luis Shunaula. El gran conductor y guía fue Adriano López Mejía, hombre multifacético especializado en el Instituto de Educación Física de la Universidad de Guayaquil donde se graduó como profesor de enseñanza secundaria. Su trayectoria en el Colegio Bernardo Valdivieso parte desde 1960 desempeñando el cargo de docente en Educación Física y Ciencias Sociales. Luis Granda Ledesma dice que «la organización de bandas de guerra, actuaciones de acrobacia, formación de pirámides humanas, demostraciones de gimnasia rítmica y la enseñanza de educación física en el Colegio ‘Patrón’ Bernardo, contribuyeron a que Adriano López Mejía se convirtiera en un referente entre los profesores de la institución».
Los estudiantes del «Patrón» Bernardo han sido la voz aguerrida y altiva para reclamar los justos derechos de los lojanos. La realización de la “Posta de la Lojanidad”, sin parangón en la historia ecuatoriana, fue la manifestación más elocuente de mi aserto.
La mañana del 3 de marzo de 1970 la ciudad de Loja despertaba ilusionada de ver y despedir a sesenta jóvenes del Colegio Bernardo Valdivieso, quienes eran portadores de un pliego de peticiones para ser entregado en manos del presidente de la República, José María Velasco Ibarra. El punto de concentración fue en los exteriores del antiguo hospital San Juan de Dios. Las autoridades provinciales, directivos del Bernardo Valdivieso, familiares y ciudadanía en general llegaban al sitio para dar su voz de aliento a los aguerridos jóvenes.
El grupo de estudiantes, bajo la égida de su destacado rector, Guillermo Falconí Espinosa, formador de juventudes y a quien Loja le debe mucho, se propuso desafiar la distancia de seiscientos ochenta kilómetros hasta la capital de la república. Surcaron la serranía ecuatoriana haciendo gala de pujanza y coraje, y siguiendo la ruta de los chasquis marcaron con su espíritu, abnegación y esfuerzo una huella indeleble de lojanidad. En cada localidad recibían efusivos aplausos y los estudiantes de diversos establecimientos hacían calle de honor en medio de cánticos vibrantes que entonaban los bernardinos. La bandera de Loja ondeaba al viento por todo lo alto.
Llegaron a Quito en medio del furor ciudadano y de residentes lojanos en esa ciudad. Una vez en el Palacio de Gobierno el grupo de estudiantes y dirigentes estuvieron frente al jefe de Estado para hacerle entrega del pliego de peticiones que contenía las aspiraciones más sentidas de nuestra población. Velasco Ibarra, el estadista, el hombre de recia personalidad y a veces explosivo, se resignó a la humildad de un recibimiento cordial y gentil, reconociendo en la gesta Bernardina un esfuerzo heroico. En un momento en que la sensibilidad emotiva se apoderó de su ser, Velasco Ibarra no pudo evitar que las lágrimas inundaran sus ojos.
La petición más importante que constaba en el documento fue la construcción del nuevo hospital de Loja, considerando que años atrás el San Juan de Dios fue arrasado por un incendio. Desde el poder central poco o nada importó la suerte de los lojanos, obligando, incluso, a declarar la primera huelga hospitalaria en 1968. Gracias a la presión ejercida por la «Posta de la Lojanidad» se iniciaron o agilizaron los procedimientos para hacer realidad la construcción de ese hospital al que se denominó Isidro Ayora, cuya inauguración fue el dos de agosto de 1979, vísperas de que el Consejo Supremo de Gobierno entregara el poder, luego de las dictaduras del propio Velasco Ibarra y de Guillermo Rodríguez Lara.
Tres años antes de ese grandioso suceso, los estudiantes del Colegio Bernardo Valdivieso se revistieron de arrojos para desairar a un presidente de la Pepública presente en la tribuna principal. Esto ocurrió durante el desfile cívico militar llevado a cabo el 18 de noviembre de 1967, siendo presidente Otto Arosemena Gómez, quien afrontaba una crisis política y económica envuelta en paros, huelgas y protestas en toda la nación, sobre todo por haber entregado el país a los intereses de las empresas petroleras transnacionales, como expresaban los manifestantes.
El operativo fue capitaneado por Patricio Aguirre Aguirre quien ostentaba la calidad de “Bandera” del sexto curso y ejercía un indiscutible liderazgo. Se puso de acuerdo con su par del quinto curso, José Antonio Añasco, para que coordinara acciones con los demás estudiantes, previniéndoles guardar la reserva del asunto en un cajón con siete llaves.
Evidentemente, el propósito era repudiar la presencia de Otto Arosemena Gómez y seguramente armar el bochinche. Patricio me comentó que el correo de brujas sirvió de medio para que las autoridades y profesores del establecimiento conocieran las intenciones estudiantiles. Angustiado por la situación, el rector Eloy Torres Guzmán, prevalido de su mesura, prudencia e inteligencia para dialogar con los estudiantes, conversó con él a fin de exhortarlo para que depongan su pretensión, pero Patricio mantuvo su posición firme de manera respetuosa argumentando que la actitud bernardina tenía que ver con la defensa del interés nacional. Se comprometió a no armar ningún relajo y simplemente no dar la cara a la tribuna presidencial. Pienso que Eloy Torres habrá dicho: “del lobo un pelo”.
Llegado el 18 de noviembre, día cívico de Loja, se llevó a cabo el desfile estudiantil y militar. En la tribuna presidencial estaban el Primer Mandatario, ministros, autoridades, diputados y un poco de metidos que siempre están en todas partes.
Como ocurre tradicionalmente, el Bernardo Valdivieso es el último establecimiento educativo en desfilar. Al pasar por la tribuna, Patricio, quien encabezaba el pelotón, ondeó la bandera hacia el lado contrario y los estudiantes giraron sus cabezas haciendo lo mismo para rendir culto al pueblo que los aplaudió eufóricamente. Adriano López, que acompañaba a sus alumnos, se hizo el sorprendido diciendo para sí: mis muchachos son lo máximo.
Desde mi adolescencia conozco a Patricio Aguirre con quien conservo una grata amistad, y estoy plenamente convencido tratarse de un hombre brillante, de honestidad acrisolada, inquebrantable posición ideológica y gran calidad humana; por lo mismo, tengo la seguridad que es un referente válido para poner de manifiesto la grandeza del “Patrón Bernardo”.
