José Antonio Mora Burneo
Se avecinan los torrentes de colores, deslizándose entre las arterias urbanas, impregnando el aire de consignas etéreas y discursos de ocasión. Promesas sin anclaje flotan como espejismos en el calor de la multitud. En los pechos inflamados de fervor cuelgan estampados multicolores, como si en una lista se hallara la certeza del porvenir. Y cuando nos hallamos frente a la solemnidad de un papel —ese A2 que sostiene miradas impresas, bustos congelados en sonrisas aprendidas y letanías de esperanzas en letra pequeña— llega ese instante de suspensión, de silencio denso, de soledad absoluta. Es el segundo en el que el voto, frágil y poderoso, se desliza entre los dedos, y su trazo se vuelve la escritura inadvertida del porvenir. Una línea, un solo movimiento, y el pergamino de nuestra era se reescribe.
Y entonces, tras el acto ineludible, sobreviene la zozobra, la duda latente: ¿realmente todo cambiará?
Sí. Pero solo si comprendemos que el destino no reposa exclusivamente en la figura que asume el timón. Un líder es apenas el mascarón de proa de una embarcación que avanza con el impulso de su gente. De nada sirve ungir a un nuevo piloto si el mar sigue siendo un oleaje de indiferencia, de cinismo, de omisión. Una nación no es el reflejo de un solo nombre, sino de la conciencia colectiva que la habita. No se proyecta solo en el discurso oficial, sino en cada paso que damos sobre aceras que ensuciamos con desdén, en cada mano que rehusamos tender al prójimo, en cada abrazo que nos negamos en el altar del individualismo.
Escúchame.
Estas palabras resonarán en tu mente, como un eco que se niega a disiparse. No es él. No es ella. Eres tú. Soy yo. Somos todos. Nadie hará el trabajo por ti. Nada te conducirá a la cima sin el tributo del esfuerzo, sin las lágrimas del sacrificio, sin la disciplina de la constancia, sin la esperanza labrada. Una patria no se gobierna con promesas, sino con la solidez de sus ciudadanos. Es más manejable cuando converge en un solo propósito: crecer.
Este domingo, cuando tu mano sostenga la pluma del destino, recuerda que el cambio no reside solo en un nombre impreso en la papeleta, sino en la voluntad que ese nombre representa, su cordura y coherencia. Que sea la elección de la unión sobre la discordia, el rencor, del trabajo sobre la retórica vacía, y promesas irrealizables, de la renovación sobre la inercia, la metástasis de la corrupción y lo que ya conocíamos.
Nos vemos el lunes, para seguir construyendo —con manos propias y compromiso inquebrantable— el país que merecemos.
