El pensamiento complejo del lenguaje

Galo Guerrero-Jiménez

Hay un enunciado muy profundo sobre el lenguaje humano que lo emite el filólogo alemán Max Müller y que lo cita el lingüista Evelio Cabrejo Parra: “Todavía no podemos descifrar lo que es el lenguaje. Puede ser producto de la naturaleza, el fruto del arte humano, o un regalo divino. Si fuese obra de la naturaleza, sería de un final con broche de oro que se le ha dedicado solo al ser humano. Si fuera una obra de arte por el ser humano, elevaría al artista casi al nivel más alto, el de creador divino. Si fuera un regalo de Dios, sería el regalo más grande de Dios concedido al hombre” (2020).

Y, desde esta joya humana creada artística, biológica o como producto de la naturaleza o del Creador Divino, la persona puede lenguajear, es decir, expresarse y comunicarse con los demás seres desde diversas circunstancias: hablando, escuchando, escribiendo, leyendo o desde el lenguaje gestual: biológica, emocional pragmática y artísticamente asumidos en el cuerpo a través del rostro y de todo el cuerpo en general que hace posible un comportamiento comunicativo, emotivo, cooperativo y perceptible desde los siete sentidos creados por la genética humana: vista, oído, olfato, gusto, tacto, interocepción y la propiocepción que hacen posible todo un pensamiento complejo, que se refleja comunicativamente desde el uso y ensayo de la habilidad educativo-cognitiva, estética, ecológica, cultural, social, psíquica y desde los diferentes contextos de su marcada humanidad.

En este orden, el lenguaje, como una disciplina lingüística y extralingüística proporciona múltiples situaciones de comunicación que son estudiadas por la ciencia en sus diversas disciplinas, tanto experimental y experiencialmente, dada su amplia complejidad científica, filosófica y cultural, lo cual hace que el lenguaje se convierta en lo que primigeniamente Edgar Morin señaló como pensamiento complejo, entendido como el estudio que “está animado por una tensión permanente entre la aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el reconocimiento de lo inacabado e incompleto de todo conocimiento” (2011), tal como lo descifra Max Muller en sus agudas reflexiones sobre el lenguaje humano.

O, más concretamente, el lenguaje humano entendido por diversos filólogos dentro de esa complejidad y riqueza axiológica y estético-ética como el impulsor y promotor del desarrollo humano al más alto nivel de su intelectualidad y espiritualidad, pero también como un ente problemático cuando se convierte en el incitador para el fortalecimiento de la maldad y de la violencia en el mundo, lo cual nos remite a la preocupación de Edgar Morin que, para su estudio, al lenguaje, como cualquier otra disciplina, hay que enmarcarlo en la teoría de la complejidad, en cuanto esta corriente de investigación “no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas” (2011), que son el fruto de todo el panorama de nuestras acciones cotidianas desde el uso del lenguaje.

Y, entre tantas facetas, el uso del lenguaje para aprender a pensar, como sucede, por mencionar un tema apasionante pero también preocupante, el de la lectura, que implica infinidad de composturas cognitivas y lingüísticas de una complejidad preocupante en esta época de tecnologías y virtualidades, en la que, como señala Joaquín Rodríguez: “¿Podría seguir siendo valiosa la lectura para la promoción del compromiso cívico o es meramente un instrumento anticuado y añoso puramente ornamental? ¿Tiene cabida la lectura, a secas, en un mundo en el que han explotado las tipologías de lecturas que requerimos para intentar comprender y gestionar la complejidad de la realidad y de nuestro destino como especie?” (2023).