Se lee para ensayar nuevas posibilidades del ser

Galo Guerrero-Jiménez

El libro escrito, sea de la índole temática que sea, es una obra de arte, no porque sea un mero objeto de adorno, sino porque es todo un mundo de complejidades lingüísticas, de aportes a la ciencia, a la cultura, a las humanidades, a la educación, a la salud, a la literatura, a las artes; por lo tanto, su ámbito estético está revestido de una marcada cognición mental y de una aguda y profunda pragmática lingüística que al ser manifiesta en la práctica y en un soporte tecnológico, le da una forma suprema de vida que, en la práctica vivencial, tanto del que escribe como del que lee, obtienen una especie de poder especial, dado que, el conocimiento que está enmarcado en el texto, permite que, para unos lectores ese conocimiento pueda que sea asombroso o difuso, para otros, en cambio, muy profundo, práctico, acertado, valioso, oportuno, o quizá muy rico o pobre en su concepción idiomática e ideológica.

En fin, dada la capacidad estético-cognitiva con que es engendrado el texto, asume ese poder especial de totalidad, de un mundo creado que, al ser leído, tiene infinidad de posibilidades para ser interpretado, dependiendo de la naturaleza biológica, psicológica, educativa, social, cultural y contextual de cada lector que, eso sí, con plena libertad, y con el grado de su autonomía personal y cognitiva para depositar a favor del texto toda la atención y concentración necesarias, sabe que, quizá, se “lee para ensayar nuevas y variadas posibilidades del ser, para soltar amarras, para liberarse del yugo que oprime. (…). [En definitiva,] leer para situarse, para saber cómo y dónde está parado” (García Ramírez, 2012) existencialmente, pensando quizá, como sostiene Miguel de Unamuno: “El que tiene asegurada la subsistencia material de su vida corporal puede más libremente cuidarse de su vida espiritual” (2007), lo cual implica un empoderamiento del texto desde el ámbito cognitivo, estético, lingüístico y axiológico.

Como señala Fernando García Ramírez, “La lectura, la buena lectura deriva siempre en hacer cosas, en realizar actos: en modificar el mundo” (2012); aunque sea su pequeño o gran mundo, y qué mejor, el mundo de la otredad y de la naturaleza; y todo, en virtud de la palabra que, como totalidad, aparece en el texto para llevar a cabo esa expansión cultural, dialógica, narrativa, poética, filosófica,  en virtud de que: “Toda palabra lleva a otra, todo poema implica otros, todo libro es parte de esa conversación interminable, inabarcable que llamamos cultura” (Zaide, 2012) en su amplia dimensión semántico-pragmática y estético-cognitiva.

La habilidad de la palabra escrita y de la palabra leída en todo su contorno estético-cognitivo-situacional crea un ambiente de accesibilidad que implica algunas realidades: cómo se presenta el texto y cómo le afecta al lector y a la cultura en la cual está inmerso; tomo el caso de la conducta lectora de Ana Magdalena Bach, personaje protagónico de la novela En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez, cuando el narrador señala de ella lo siguiente: “Tardó varios meses sin avanzar en la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy Casares y Ocampo. Dormía mal, iba al baño en la madrugada para fumar y soltaba el agua para bajar las colillas que él sabía que encontraría flotando cuando despertara a las cinco. No solo se levantaba para fumar, sino al contrario: fumaba porque no tenía paz para dormir. A veces encendía la luz para leer escasos minutos, la apagaba de nuevo, daba vueltas y revueltas en la cama con un cuidado milimétrico para no despertar al esposo”. (2024).

En fin, el aporte psicológico que el autor describe en la conducta lectora de este personaje, nos da a entender que, por pensar en otros asuntos que le preocupan, no puede dedicarse ni aportar con su pensamiento si pudiera concentrase para leer, como según parece, lee con mucha frecuencia. La afectación, entonces, se inmiscuye en la totalidad y posibilidad de su ser.