El conocimiento como principio de incompletud y de incertidumbre

Galo Guerrero-Jiménez

Conforme la investigación científica avanza en el desarrollo teórico y práctico de sus hallazgos desde las concepciones hipotéticas que plantea, se va dando cuenta de la marcada complejidad de pensamiento conceptual y cognitivamente asimilado para llegar a conclusiones que no siempre son las más acabadas y científicamente comprobadas, no porque no estén debidamente encaminadas a trabajar con los parámetros científicos y humanísticos con los que los investigadores, académicos y científicos se adentran en los diferentes problemas de investigación, sino porque el principio de incompletud y de incertidumbre que cada vez es más evidente, marca una imposibilidad teórica para acercarse a la verdad total, dada la complejidad que tiene el conocimiento de cada identidad investigada, la cual, hoy en día, aspira al conocimiento multidimensional, es decir, con equipos de trabajo que lleguen a comprender que, como señala Morin, “el pensamiento complejo está animado por una tensión permanente entre la aspiración a un saber no parcelado, no dividido, no reduccionista, y el reconocimiento de lo inacabado e incompleto de todo conocimiento” (2011).

Este carácter de omniciencia, en el que se debe tener un conocimiento profundo de todas las cosas reales y posibles para llegar a un acercamiento, sino completo, al menos que esté marcado por un reconocimiento de profunda reflexión humanística de lo que implican “las amenazas más graves que enfrenta la humanidad [las cuales] están ligadas al progreso ciego e incontrolado del conocimiento (armas termonucleares, manipulaciones de todo orden, desarreglos ecológicos, etc). [Pues,] todo conocimiento opera mediante la selección de datos significativos y rechazo de datos no significativos: separa (distingue o desarticula) y une (asocia, identifica); jerarquiza (lo principal, lo secundario) y centraliza (en función de un núcleo de nociones maestras)” (Morin, 2011), lo cual implica que, cuando no se tiene conciencia de estas realidades con las que hoy vivimos en esta incertidumbre mundial, por supuesto que provoca, como señala Morin, una nueva ignorancia, la cual está ligada al desarrollo mismo de la ciencia y de la tecnología descontrolada, y esta nueva ceguera intelectual que está ligada al uso degradado de la razón y al quiebre deshumanizado de la moral y de la educación emocional, espiritual, intra e intersubjetivamente mal asumidas y, por ende, normalizadas como un conducta estratégica para vivir desde una nueva actitud ante la vida, indiferente ante los problemas vitales de la sociedad, dada esta ceguera intelectual y humanísticamente resquebrajada.

Por eso, urge acercarse al conocimiento que sea de su preferencia, desde el estudio adecuado, ponderado, razonado y filosofado de las disciplinas tanto científicas como humanísticas, así llamadas, cuando ambas deben fundirse en una sola realidad que implique acercarse a los ideales de realización personal y comunitario, con esfuerzo, con dedicación, con disciplina y con una sana emocionalidad y racionalidad para que pueda aparecer un pensamiento crítico, debidamente razonado, ante todo leyendo las grandes concepciones teóricas, que son modelos de vida que han logrado escribir las mentes más lúcidas que, gracias a Dios y al esfuerzo de estas personalidades que marcan el carisma de un pensamiento bien sea científico y/o humanístico en sus variadas propuestas culturales artísticas y filosóficas, de manera que, si nos acercamos desde nuestras convicciones más profundas, la lectura de un texto modélico nos permitirá darnos cuenta “que los humanos sean seres lectores significa que lo radicalmente ausente únicamente se puede conocer desde lo medianamente presente, desde lo histórico, desde lo situacional” (Mèlich, 2020), para alimentar el espíritu del ser humano que, cuando aprende a valorar la palabra leída, sabe que está marcando hitos de grandeza mental: cognitiva, estética, axiológica, lingüística y pragmáticamente asumidos en su realidad cotidiana.