Luis Jiménez Tenesaca
El último debate presidencial dejó, una vez más, más preguntas que respuestas. Lo que debería ser un espacio de diálogo serio, donde los candidatos presenten sus propuestas y contrasten sus visiones para el país, se convirtió en un escenario de gritos, descalificaciones y una alarmante carencia de ideas. La ciudadanía, que esperaba claridad sobre cómo se resolverán los problemas urgentes del país, se encontró con un espectáculo bochornoso donde el ego y la confrontación opacaron cualquier atisbo de debate sustancial.
Los dos candidatos, en lugar de exponer planes concretos sobre economía, seguridad, educación o salud, dedicaron la mayor parte del tiempo a desacreditarse mutuamente, recurriendo a ataques personales y frases simplistas que poco aportan al diálogo democrático. El mensaje que enviaron es claro: para ellos, ganar la contienda es más importante que gobernar con responsabilidad.
Este comportamiento no solo refleja una profunda falta de respeto hacia los votantes, sino que también evidencia una crisis en la calidad de la política. Cuando los aspirantes al máximo cargo público eluden el debate de ideas y se enfrascan en peleas estériles, socavan la confianza en las instituciones y alimentan el desencanto ciudadano. En un momento en el que el país enfrenta desafíos complejos como desigualdad, corrupción, inseguridad, etc., resulta inadmisible que quienes buscan liderar el Ecuador no sean capaces de articular soluciones mínimamente coherentes.
Es imperativo exigir más. Los medios, las universidades, las organizaciones sociales y, sobre todo, los ciudadanos deben demandar que los candidatos rindan cuentas claras sobre sus proyectos. Un debate no puede reducirse a un concurso de insultos; debe ser el espacio donde se demuestre quién está realmente preparado para gobernar.
Si los candidatos insisten en convertir la contienda electoral en una batalla de egos, será responsabilidad de la sociedad leer y analizar las propuestas de campaña y elegir la que sea más viable y apegada a la realidad ecuatoriana. El país no necesita showmen/women, sino estadistas. Y hasta ahora, este debate demostró que ambos están muy lejos de serlo.
Por lo expuesto, el debate presidencial, lejos de ofrecer un espacio de confrontación de ideas y propuestas para el país, se convirtió en una demostración de la precariedad política que caracteriza la contienda electoral. La ausencia de un discurso programático y la prevalencia de ataques personales evidencian una falta de visión de Estado por parte de los candidatos, lo que profundiza la desafección ciudadana y mina la legitimidad de la democracia. En un contexto donde el país enfrenta problemas estructurales como la inseguridad, la corrupción y la desigualdad, el espectáculo ofrecido en el debate refuerza la percepción de que la política ha sido reducida a un juego de intereses personales, sin compromiso real con el bienestar de la sociedad.
Ante esta realidad, la responsabilidad de exigir mayor seriedad y profundidad en la discusión recae en la ciudadanía y en los actores sociales que deben promover un debate político de calidad. No basta con resignarse a elegir el «menos peor»; es fundamental analizar con rigor las propuestas y demandar compromisos concretos que respondan a los desafíos del país. Ecuador no necesita figuras mediáticas ni contendientes enfocados en la lucha electoral per se, sino líderes con visión de futuro y capacidad de gobernar con responsabilidad. Mientras la política siga priorizando la confrontación sobre la construcción de soluciones, la crisis de representación seguirá profundizándose.
