Ser autor implica un modo de ser humano

Galo Guerrero-Jiménez

Aprender a ejercer un liderazgo en los aspectos que, ante la sociedad, la cultura y la educación y el trabajo que cada ciudadano ejerce, es una tarea imprescindible, porque la realidad que hoy vivimos nos encamina a responder en cada acción diaria con la máxima disposición ética y de  creatividad humana que la vida nos exige desde nuestras consideraciones neurológicas, lingüísticas y ecológico-pragmáticas, dado que somos entes racionales con una disposición intelectual, emocional y espiritual, capaces para labrar la palabra desde el pensamiento y la reflexión asumidos conscientemente para elaborar cognitivamente los mejores argumentos que el lenguaje hablado, escrito, leído, escuchado y gestual nos permite comunicar según nuestra formación y, así, poder estar en condiciones de ser los autores de nuestra realización personal.

Por consiguiente, actuar con liderazgo nos permite “reconocernos como autores, a pesar de la confabulación de determinismo y azar que parece guiar nuestras vidas, es una de las principales tareas éticas” (Marina, 2001) y axiológico-estéticas, sobre todo, en esta era digitalizada caracterizada por la sobreinformación y la desinformación, en donde “la personalización de Internet hace que nuestro mundo y nuestro horizonte de experiencias sean cada vez más pequeños y limitados. (…) La creciente atomización y narcisificación de la sociedad nos hace sordos a la voz del otro. También conduce a la pérdida de la empatía. Hoy todo el mundo se entrega al culto del yo. Todos los individuos se representan y se reproducen a sí mismos. No es la personalización algorítmica de la red, sino la desaparición del otro, la incapacidad de escuchar, lo que provoca la crisis de la democracia” (Han, 2022) en una sociedad que cada vez se vuelve más endeble frente a la educación, a la cultura, a la ciencia, al humanismo.

Reconocernos, cada cual, en su campo de acción más predilecto, como autores, como líderes eficaces, capaces de fomentar una narrativa y una concepción ético-estética, la cual “no debería depender de palabras de moda o eslóganes. Debería cimentarse sobre una base fundamental de nuestra comprensión del cerebro. La forma en que actuamos, reaccionamos e interactuamos es producto de procesos cognitivos distintivos” (Fabritius y Hagemann, 2025) que deberían ser alimentados continuamente con la palabra en cuanto obra de arte, es decir, amorosamente representada y expuesta comunicativamente, puesto que la palabra hecha lenguaje, de una u otra manera exige genio para ser emitida y alojada cognitivamente, de manera que aparezca un condimento metalingüístico para apreciar, por ejemplo que, si me dedico a la ciencia, tal como asevera Humberto Maturana: “La aventura de ser científico estaba en la seriedad de la intención que permite la honestidad que da dignidad al quehacer humano, y que el ser científico era solo un modo de ser humano” (2010).

Desde este perspectiva, si como líder y autor de mi vida, por ejemplo,  me dedico a la educación a través de la literatura, debo ser consciente de que esta disciplina humanística “es una expresión de arte; una de las tantas formas de dibujar el mundo y la sociedad; la fuente de conocimiento por excelencia; una intermediaria entre el ser humano y su propia realidad; mensajera de la historia  y la cultura; transmisora de las creencias, los sistemas políticos y económicos; arquitecta de la memoria; portadora del baluarte de la identidad de las naciones y los individuos y espejo de las pasiones humanas” (Acebedo, 2025).

Por lo tanto, en este caso, mi autoría narrativa se debe fortalecer cognitiva, hermenéutica, axiológica y fenomenológicamente desde la lectura, en cuyo germen estético y pragmático descansa la mejor inteligencia creadora, emocional e imaginativo-ficcional para valorar la vida en su mejor expresión intrasubjetiva y de alteridad para la comunión y discernimiento asertivos.