Esteban Sarmiento Jaramillo.
En tiempos en los que la desigualdad y la crisis ambiental nos interpelan con más fuerza que nunca, la Economía Social y Solidaria (ESS) emerge como un camino posible y necesario. En el Ecuador —y con especial fuerza en provincias como Loja—, este modelo económico, basado en la cooperación, la equidad y la solidaridad, se ha venido consolidando como una alternativa real al sistema tradicional. No es solo una propuesta económica: es una forma de vida que coloca al ser humano, la comunidad y la naturaleza en el centro.
Nuestra Constitución lo deja claro. El artículo 283 establece que el sistema económico ecuatoriano es social y solidario. Esto significa que se reconocen distintas formas de organización: pública, privada, mixta, popular y solidaria. Todas deben interactuar en equilibrio con la sociedad y el entorno, garantizando el buen vivir como horizonte común.
Durante la última década, la ESS ha ganado presencia en todo el país. En América Latina y el Caribe, según datos de la OCDE, este modelo contribuye hasta con un 10% del PIB y genera entre el 6% y el 9% del empleo total. En Ecuador, numerosas organizaciones han demostrado que es posible producir con conciencia, distribuir con justicia y consumir con responsabilidad.
En Loja, esta forma de hacer economía ha echado raíces. Cooperativas, asociaciones productivas, agrupaciones de mujeres, redes de comercio justo… Todas han aportado a la agricultura familiar, al turismo comunitario, a la artesanía y al desarrollo local. Más que cifras, son historias de vida que se transforman gracias a la organización colectiva.
Sin embargo, el limitado apoyo institucional y la falta de incentivos reales siguen siendo una barrera para que estos esfuerzos alcancen su verdadero potencial.
La informalidad laboral, que afecta a casi el 50% de los hogares en la región, nos recuerda que aún hay mucho por hacer. Políticas públicas firmes, financiamiento accesible y procesos de formación adecuados son indispensables para fortalecer este sector.
A pesar de los desafíos, hay razones para la esperanza. La ESS no solo genera empleo o ingresos: reconecta al ser humano consigo mismo y con su entorno. Nos obliga a repensar el sentido del trabajo, ya no como simple producción de riqueza, sino como expresión de cuidado: hacia los otros, hacia nuestras comunidades, y hacia la Tierra, nuestra casa común.
En este marco, la economía del cuidado cobra una relevancia central. Durante siglos, el trabajo doméstico, emocional y comunitario ha sido sostenido —en su gran mayoría— por mujeres. Invisibilizado, no remunerado, infravalorado. Reconocerlo como el corazón de la sostenibilidad social es un acto de justicia y humanidad.
Las mujeres, además, han sido protagonistas silenciosas pero poderosas de la ESS. Muchas lideran iniciativas que no solo mejoran las condiciones de vida de sus familias, sino que generan autonomía, fortalecen el tejido comunitario y siembran transformación social.
La Economía Social y Solidaria, al articular producción con conciencia y consumo con responsabilidad, nos ofrece una hoja de ruta para preservar la vida sin sacrificar el planeta.
No es una opción romántica ni marginal. Es una urgencia ética, social y civilizatoria.
En este mundo incierto, necesitamos más que nunca modelos que cuiden, incluyan y dignifiquen. La ESS no promete soluciones mágicas, pero sí ofrece un terreno fértil donde sembrar esperanza colectiva.
