Él vive

Fernando Oñate

El domingo se presentaba como un día sin esperanza. Era el tercer día desde que el Maestro había sido crucificado. La mañana sorprendía a los discípulos envueltos en miedo, esperando quizá el momento propicio para huir hacia sus tierras de origen. El sumo sacerdote y el sanedrín, descasaban plácidamente al creer que con la muerte del Nazareno terminaban sus problemas. Sin duda era un día sin esperanza, pues la esperanza había muerto en la cruz del calvario.

Temprano en la mañana, las mujeres, que llevaban especies aromáticas para ungir el cuerpo de Jesús, encontraron el sepulcro vacío. Dos varones con vestiduras resplandecientes les preguntaron ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? Conmocionadas, contaron lo sucedido a los apóstoles, quienes no podían creer su relato, tan solo Pedro y Juan corrieron al sepulcro y lo comprobaron con sus propios ojos.

¿Sería posible? ¿Se cumplían las palabras anunciadas por Jesús?

Ese mismo día, camino a Emaús, dos discípulos lo reconocieron al partir el pan. En cuestión de horas se les presentó a los once y comió con ellos, mas tarde quinientos fueron testigos de su resurrección y finalmente todos sus discípulos. No había duda, Jesús fue resucitado de entre los muertos por Dios mediante el poder de su Santo Espíritu. Sus apóstoles vencieron el temor y como testigos de excepción, salieron a predicar el evangelio por el mundo.

La muerte no pudo retener a Jesús. La cruz del calvario, marca el momento de nuestra redención. Fue por su sangre derramada en la cruz que nuestros pecados fueron perdonados, ahí, la enfermedad, el miedo, el dolor fueron derrotados. La cruz es la demostración de su amor infinito. La resurrección en cambio, es su victoria final sobre la muerte para darnos vida, es la muestra de su poder, es la prueba definitiva de que Jesús es el hijo del Dios vivo.

En nuestro presente, muchos son los que los que buscan la presencia del salvador, quizá por temor, vacío o quizá buscando una protección sobrenatural. Muchos no saben dónde ni cómo buscarlo. Tener a Jesucristo resucitado en nuestra vida implica despojarnos de lo que nos hace daño y nos separa de Él, la clave es recibir al Señor en nuestro corazón, dejar que su palabra nos enseñe, que su Santo Espíritu nos guíe, en pocas palabras: nacer de nuevo. Solo así tendremos la salvación y la vida eterna.

Jesús no está muerto, Él está vivo, ya no está en aquella cruz. Jesús se encuentra a la diestra del Padre, gobernando la creación con toda gloria y majestad, intercediendo por nosotros. Y si Él está con nosotros, nada nos podrá vencer.