POR RUY FERNANDO HIDALGO MONTAÑO
El fallecimiento del Santo Padre, el lunes 21 de abril ha dejado un enorme vacío, pero también ha confirmado la imagen de Francisco Primero como la de un pontífice marcadamente diferente a los otros vicarios de Cristo, que han tenido la difícil tarea de llevar las riendas de la Iglesia católica en esta complicada época que vive el mundo.
Las diferencias eran notables pues se manifestaban en cosas que a simple vista podían parecer normales pero que no lo son, para quienes hemos estado acostumbrados desde siempre a ver a la alta jerarquía de la iglesia sobre un pedestal.
Sin embargo cuando parecía que vientos de esperanza y de cambios radicales empezaban a soplar entre los fieles católicos, la sombra de la muerte entristece nuestros corazones, porque cortan de un solo tajo esas transformaciones que se estaban generando desde la cúpula del Vaticano y mejor aún, que eran propiciados por un Papa de origen latinoamericano, que con sus mensajes claros y renovadores en poco más de doce años, había cambiado gran parte de las estructuras caducas de una iglesia que se refundía en la oscuridad de los claustros y pagaba un caro precio de sus propios errores.
Francisco nos demostró que la humildad, siempre puede mucho más que la arrogancia, y en lo que fue su luminoso y corto pontificado, nos ha dado lecciones de sencillez, como la de seguir usando sus mismos zapatos, negándose a ponerse unos de diseño exclusivo como su antecesor, como seguir habitando un modesto departamento y no vivir en una pomposa suite que le ofrecieron, como viajar en vuelo comercial y no en privado, como la de pedir cuentas claras al banco del Vaticano caso inédito en los anales de la historia.
Sus alocuciones fueron precisas y motivadoras, como cuando dijo “Quiero una iglesia en las calles y no una encerrada” o cuando instó a los jóvenes a respetar y no excluir los dos extremos de la vida, tanto a los ancianos de los que podemos aprender mucho todavía, así como los jóvenes en los que tenemos cifradas nuestras esperanzas de una sociedad más justa. También manifestó que quería lio, en el buen sentido de la palabra, para combatir la pobreza y la corrupción.
En el parque Samanes durante su visita a nuestro país, se refirió a la familia, cuando exhortó a todos los miembros de la misma, a aceptarnos tal como somos, a corregir sin avasallar, a servirnos entre nosotros, para dar la categoría de prójimo a los que habitan bajo nuestro mismo techo y comparten cada día nuestras vidas
Invitó a la juventud a no caer en la frivolidad que marca a la humanidad actual. Se cierra una era luminosa para la iglesia católica, ojalá que quien se siente en el sillón de Pedro siga con el legado de cercanía y fraternidad del papa Francisco. Dios lo reciba en su gloria Santo Padre
