La vida exaltante y magnífica de un lector vargasllosano

Galo Guerrero-Jiménez

Cada libro es un ente viviente que siempre está a la espera, en silencio, con sana paciencia para compartir con otro ente viviente, desde el gozo más profundo, desde el deleite y el interés que le despierta a ese ente viviente llamado lector, para encontrarse y desde el regocijo mental vincularse bajo el asombro de la cercanía; dos realidades intelectual y emocionalmente dispuestas para compartir momentos virtuosos desde el razonamiento que cada cual aporta con distinción si, en efecto, la empatía y el empoderamiento cognoscitivo y lingüístico de cada uno provocan esa fraternidad del encuentro con la cultura, con la ciencia, con el arte y, más concretamente, sea el libro que fuere, con el humanismo.

Un humanismo que sale airoso desde las entrañas vivientes de cada uno; pues, el libro y el lector son partícipes de ese acercamiento axiológico-ético que se traduce en una estética hermenéutico-festiva profundamente sentida; por eso, como señala Emilio Lledó: “No podemos evitar la emoción que nos producen esos objetos pacientes, instalados en los estantes de todas las bibliotecas del mundo, que mantienen vivas las palabras reposadas, a la espera de los ojos del lector que lleva a ellas, en los sucesivos momentos en los que discurre la lectura, su propio tiempo, el único tiempo realmente posible que las despierta” (2022).

Un tiempo y un espacio para esa emoción de enamoramiento, de razonamiento que surge frente al texto para encontrarse con todo el afecto de su humano existir, tal como lo vivifica el lector y escritor peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, el cual, a su tierna edad ya estaba contagiado por ese fervor especial para el encuentro más apasionado con el texto. Cuando era estudiante del colegio militar Leoncio Prado, comenta de ese espacio y tiempo de lectura apasionadamente fecundo: “Leía en los recreos y a las horas de estudio, durante las clases disimulando el libro bajo los cuadernos y me escapaba del aula para ir a leer en la glorieta junto a la piscina, y leía, en las noches, en mis turnos de imaginaria [militar], sentado en el suelo de blancas losetas despostilladas, a la rala luz del baño de la cuadra [militar]. Y Leía todos los sábados y domingos que me quedaba consignado, que fueron bastantes. Sumergirse en la ficción, escapar de la humedad blancuzca y mohosa del encierro del colegio (…), era más que un entrenamiento: era vivir la vida verdadera, la vida exaltante y magnífica, tan superior a esa de la rutina, las bellacadas y el tedio del internado” (1993).

Por supuesto que esta pasión por el libro no viene así de fácil. Se supone que, en la educación escolarizada, sería el espacio más ideal para fraguar la cultura del encuentro con el texto; pero no es así; lo testifica Mario Vargas Llosa: “La literatura se enseñaba como parte del castellano, es decir, de la gramática, y solía ser un curso aburridísimo, en el que había que memorizar, al igual que las reglas de la prosodia, la sintaxis y la ortografía, la vida y la obra de los autores famosos, pero no leer sus libros. Jamás, en todos los años escolares, me hicieron leer un libro, aparte de los manuales de clase” (1993).

Esta es una penosa realidad que sigue latente aún en las aulas escolares, y con la preocupación de que, una gran mayoría de profesores y padres de familia no leen porque no han podido empoderarse axiológicamente del texto. Y, súmese a ello, el problema de Internet. Pues, “la digitalización conduce forzosamente a la desaparición del otro. Hoy en día, a través de los medios digitales intentamos disponer del otro, acercar al otro tanto como sea posible, ubicarlo y seguirlo. Pero el afán por disponer del otro lo destruye. Los medios digitales no nos aportan más cercanía, sino tan solo una ausencia de distancia” (Han, 2024), con lo cual, la cercanía con el texto se vuelve casi imposible, dado que, el foco de atención hoy reluce en las pantallas.