Efraín Borrero Espinosa
Alejandro Carrión decía que “cuando un cristiano se encuentra promediando la setentena, uno de los placeres que aún pueden gozarse es el de recordar”. Ese es mi caso, más aún que apasionadamente he dedicado el último tramo de mi vida a escribir y contar crónicas de mi Loja de antaño. Convencido de ese placer traigo a la memoria colectiva el famoso “pájaro de Bolívar”, tan popularizado entre los lojanos.
En mis lecturas no he encontrado que alguien se refiera en forma detallada a ese monumento que fue uno de los más importantes referentes urbanos de Loja, seguramente por considerarlo un asunto sin mayor trascendencia. Estuvo ubicado en la esquina de las calles Sucre y Juan de Salinas y Loyola, nombre del español que junto al capitán Alonso de Mercadillo fundó la ciudad de Loja.
Era un punto sumamente conocido. Recuerdo que siendo muchacho mi madre me envió a dejar un obsequio a la señora Rosa Cartuche. La instrucción sobre la dirección fue la siguiente: llegas hasta el pájaro de Bolívar, en la segunda casa a la izquierda. No había dónde perderse.
En realidad, el monumento no representa a un pájaro cualquiera sino a un cóndor que tiene un simbolismo específico: enaltecer el nombre del Libertador Simón Bolívar y recordar gratamente la visita que hiciera a la ciudad de Loja en octubre de 1822. Lo que ocurre es que la gente lo conoce como el “pájaro de Bolívar” por la tradición oral distorsionada de generación en generación, y porque esa escultura lo menos que parece es un cóndor ya que se muestra escuálido, de estatura pequeña, alas cortas y falto de la imponente pinta que tiene el ave voladora más grande del mundo, con una envergadura de hasta tres metros y la habilidad para volar a grandes altitudes dominando el espacio aéreo, por eso es considerado el rey de los Andes. Esa creencia – la del pájaro de Bolívar – dio pábulo, incluso, a una anécdota imaginaria que no cabe mencionar.
Sin duda que al responsable de contratar la creación de ese cóndor en bronce le faltó seguir los pasos del arquitecto Francisco Durino a cargo de la construcción del monumento a la independencia en la plaza grande de Quito, quien mandó hacer en Italia todos los elementos en metal, uno de los cuales era un cóndor. Como por esos lares no conocían esa ave, tuvo que enviar un cóndor disecado para explicar el significado de lo que se quería representar.
Patricio Aguirre Aguirre, apreciado amigo y acucioso investigador, afirma que el monumento conmemorativo fue inaugurado el 25 de diciembre de 1930 siendo Presidente del I. Concejo Municipal el insigne educador Adolfo Valarezo. En el acto, el concejal Eduardo Mora Moreno dio el discurso de orden en nombre del Municipio, haciendo referencia al paso del Libertador Simón Bolívar en su ingreso a la “Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Loja».
Antes, el 9 de octubre de 1922, “Loja recordó por todo lo alto el centenario de la visita de Bolívar a nuestra ciudad”, como afirma Alberto Solano de la Sala Torres, cordial amigo que escribió una serie de interesantes artículos sobre la visita de Simón Bolívar, basados en información del periódico local El Heraldo.
En la serie «Provincia de Loja: personas y lugares» del Archivo Histórico de Fotografías y Manuscritos, se publica la fotografía de aquel «Monumento del Cóndor» captada por el prestigioso fotógrafo José Reinaldo Vaca Piedra en 1948, en la que consta la siguiente descripción: «Monumento en medio de unas plantaciones de maíz. En primer plano podemos apreciar un obelisco de piedra; es de dos cuerpos, tiene una amplia base adornada con una venera en el centro; en el segundo cuerpo hay una plancha de piedra con una leyenda, sobre ésta se levanta el obelisco rematado por un cóndor con las alas extendidas. A los pies del monumento hay cinco escudos del Ecuador y de la Provincia de Loja. A sus costados se encuentran de pies un niño y una niña; al fondo se observa una plantación de maíz, limitada por una cerca, hecha con estacas de madera y alambre; además se ve algunos árboles».
Es de entender que si el monumento estaba rodeado de sembríos y árboles no existía la calle Juan de Salinas, y que el único camino de acceso a la parte céntrica de la urbe era por la actual calle Sucre.
Pasaron los años y ese sector se urbanizó conservando el mentado monumento en la misma esquina de las calles Sucre y Juan de Salinas, cuyo pequeño espacio se convirtió en un sitio inmundo. Franco Hernán Salcedo López, destacado matemático, educador y narrador de historias lojanas, escribe: «En la esquina de la calle Sucre y Juan de Salinas, en el famoso barrio «Los Alverjeros», se encontraba la tienda de licores de doña Natividad Astudillo. Una mujer de cabello dorado y de años avanzados, conocida por todos como «Mama Tina». La tienda, más que un simple punto de venta, era el centro de reunión del barrio. Frente a ella se erguía el monumento al «Pájaro Bolívar», que inmortalizaba el paso del Libertador Simón Bolívar por esas mismas calles. Sin embargo, con el tiempo, ese apreciado monumento desapareció, y algunos rumores decían que su desaparición se debió a que muchos de los clientes de la licorera lo utilizaban como un improvisado urinario».
Desde su trinchera periodística Rubén Ortega Jaramillo puso el grito en el cielo con iracundia por tan ignominiosa situación, hasta que Vicente Burneo Burneo en su calidad de Presidente del I. Municipio, encargó a Alfonso Sánchez Moreno la elaboración del plano para la construcción de un nuevo obelisco recordatorio del paso de Simón Bolívar, el mismo que fue aprobado por parte del Cabildo en sesión del nueve de junio de 1964, autorizando al mismo tiempo la adquisición del lote de terreno situado en la intersección de las calles Sucre y 18 de Noviembre.
Para ese efecto, mediante escritura pública celebrada ante el Notario Marco Antonio Muñoz, el primero de julio de 1964, cuya copia fue proporcionada gentilmente por la Jefatura de Bienes y Patrimonio, la Municipalidad adquirió por compra a la señora Cristina Eguiguren viuda de Naranjo dicho lote de terreno de forma triangular, “en el cual se levantará una pirámide conmemorativa del Libertador Simón Bolívar”, como reza la escritura.
Posteriormente, en la administración de José Bolívar Castillo y con ocasión de la inauguración de la “Puerta de entrada a la Ciudad”, el 31 de diciembre de 1999, la plazoleta fue remodelada. Se restauró el obelisco con la escultura del cóndor en la cima, sustituyéndose la placa original por otra que dice: “Del X al XXII de octubre de 1822 el Libertador Bolívar visitó Loja y ejecutó en ella importantes actos y decisiones por la libertad y unidad de Iberoamérica. – Municipio de Loja 2000”. Además, se recreó el espacio con una pintura mural de grandes dimensiones alusiva al Libertador, realizada con técnica acrílica sobre revoque de concreto y delineada en bajo relieve, cuya autoría corresponde al prestigioso artista lojano Gerardo Vinicio León Coronel, quien a través de sus años de experiencia se ha desempeñado como pintor, muralista, ilustrador y diseñador gráfico.
Estoy seguro que el gestor del monumento original pensó en el cóndor porque es un símbolo emblemático de nuestra nación y representa la libertad, poderío, grandeza y altivez del país, tal como se lo concibe en el escudo nacional. Por lo mismo, si se trataba de conmemorar la visita de Simón Bolívar que luchó por la libertad e independencia de nuestros pueblos, nada más propicio.
Su ubicación es adecuada porque Bolívar ingresó por el único camino existente, que en mi niñez aún se lo llamaba carretero norte, hoy denominado calle Gran Colombia. Seguramente cruzó el río por un puente de madera ya que la construcción del actual, precisamente llamado Bolívar, se inició posteriormente siendo gobernador Manuel José Aguirre, destacado abogado y político al que la provincia debe notables obras públicas. Luego, en la jefatura civil y militar de José Miguel Carrión (1882-1883) se concluyó la obra, incluyendo pasamanos y muros de contención, como anota Ecuador Espinosa Sigcho.
Simón Bolívar, quien decidió agradecer personalmente el inmenso aporte de la provincia de Loja a la causa de la independencia, fue recibido en ese sitio por autoridades y por la población que sintió un placer inigualable. La ciudad fue engalanada para que reluzca ante la vista del ilustre visitante y su comitiva. “Las calles estaban adornadas con bellísimos arcos alegóricos y las casas con banderas y coronas; una lluvia continuada de rosas y jazmines desprendía de los balcones y alfombraba la calle al paso del vencedor”.
El Libertador se sintió dichoso y disfrutó de las cálidas atenciones que le brindaron los lojanos durante once días, todos los cuales fueron de fiestas y banquetes suntuosos, como el que se le brindó con la participación de ciento diez invitados vestidos rigurosamente de etiqueta, para servirse veinte y ocho platos de comida durante siete horas, como comentaba Julio Eguiguren.
Los obsequios no faltaron, destacándose el brioso alazán canelo, rabo blanco, pata blanca y frontino que le regaló el Vicario Miguel Ignacio de Valdivieso y Carrión, que, según se cuenta, “nunca más Bolívar volvió a montar otro animal, a pesar de haber tenido alrededor de cincuenta caballares de primera clase”.
Por supuesto que los cumplidos sociales no fueron óbice para que atendiera los asuntos concernientes a su alta investidura y para resolver algunos problemas acuciantes que tenía Loja, como el educativo y hospitalario.
Las actividades administrativas y sociales cumplidas por Simón Bolívar en Loja han sido detalladas por varios escritores, investigadores e historiadores, verbigracia: Pío Jaramillo Alvarado, Galo Ramón Valarezo, Fernando Jurado Noboa, Julio Eguiguren Burneo, José Carlos Arias Álvarez, Alejandro Carrión Aguirre, Alberto Solano de la Sala Torres y Stalin Alvear, que recreó las vivencias de Bolívar en su trajinar a Loja.
El “Monumento del Cóndor”, conocido en la tradición lojana como “el pájaro de Bolívar”, perenniza el justo homenaje de gratitud que los lojanos rendimos al Libertador por haberse dignado visitar nuestra ínclita e hidalga ciudad y haber plasmado en ella su inspirada y magna obra literaria “Mi Delirio sobre el Chimborazo.
