Galo Guerrero-Jiménez
La mejor manera de interpretar los problemas del mundo y todo cuanto en la naturaleza existe es conociéndolos para que sea factible el análisis correspondiente. No debe caracterizarnos la indiferencia o la opinión barata, al apuro y, a veces, mal intencionada. Es necesario, por lo tanto, aprender a educarnos a través de los diversos medios que el ser humano ha creado para, desde una narrativa adecuada, adentrarse en el conocimiento de las diversas realidades que están en la naturaleza humana y en el ecosistema respectivo en el que vivimos.
Desde luego que, hay realidades que son muy complejas, tanto en la vida social, cultural, política, democrática, en la salud, en la educación, en la ciencia, en las artes, en el humanismo en general y en los ámbitos tecnológicos-digitales y de inteligencia artificial, que deben ser abordadas desde consideraciones axiológicas y ético-estéticas, pero con la formación personal, autodidacta y desde la profesión u ocupación que a cada ciudadano le ha correspondido asumir de manera trascendente, y no desde actitudes superficiales, amorfas y vacuas que han llegado a degenerar la responsabilidad con la que se debería actuar con sabiduría desde el culto dúlico y de comunión tanto intra como intersubjetivamente.
Al respecto, Paulo Freire sostiene que debe caracterizarnos un compromiso de transitividad crítica, al cual es posible llegar desde una educación dialogal y activa, orientada hacia la responsabilidad social y política, caracterizada por la interpretación y reflexión de los problemas (2018) existenciales que están latentes en cada actividad humana. De ahí que, la educación formal y la experiencia cotidiana de cada ciudadano como autodidacto, bien desde el diálogo y la lectura de los grandes tratados humanístico-filosóficos, científicos, artísticos, literarios, culturales, y de toda índole temática, según el interés de cada persona, nos debe encaminar a un compromiso socio-racional y emotivo desde una toma de conciencia filosófico-ética permanente de esos conocimientos, dado que, como sostiene Edgar Morin:
“Hemos adquirido conocimientos sin precedentes sobre el mundo físico, biológico, psicológico, sociológico. La ciencia ha hecho reinar, cada vez más, a los métodos de verificación empírica y lógica. Mitos y tinieblas parecen ser rechazados a los bajos fondos del espíritu por las luces de la Razón. Y, sin embargo, el error, la ignorancia, la ceguera, progresan, por todas partes, al mismo tiempo que nuestros conocimientos” (2011).
Conocimiento e ignorancia van de la mano. Por supuesto, son múltiples los motivos al respecto. Por eso, esa toma de conciencia, bien si estamos estudiando, investigando, filosofando, leyendo, escribiendo, escuchando o participando en las tecnologías digitalizadas, debemos optar responsablemente por “la necesidad de una permanente actitud crítica, único medio por el cual el hombre realizará su vocación natural de integrarse, superando la actitud del simple ajuste o acomodamiento, comprendiendo los temas y las tareas de su época” (Freire, 2018).
Así, desde ese esfuerzo permanente de compromiso plenamente humano para acercarnos al conocimiento, por ejemplo, si opto por leer un texto, pues, en un principio, “aunque el libro se lea mal, se lea de prisa, no deja de leerse el trasfondo. [Y, si se trata de una obra literaria, pues] la obra de arte tiene su propio mundo, pero además ensancha el mundo” (Zaid, 2012), para que la creatividad, la imaginación y, esa nueva visión ante el mundo, sea, en efecto, proactiva y de una actitud dúlica en vista de que, es gracias a los demás en que la convivencia nos encamina al planteamiento de desafíos desde un lenguaje vivo, en donde los ojos escuchan, el oído habla, imagina, observa y la conciencia lee y escribe en proyección de compromiso activo.
