Galo Guerrero-Jiménez
Una de las grandes novedades intelectuales en el campo de la literatura, de la filosofía, de la psicología y, en general, en toda disciplina experimental y experiencial, está fundada en la idea ontológica, epistemológica y fenomenológica de un pensamiento complejo para generar “una escritura cuya función ya no solo sea comunicar o expresar, sino imponer un más allá del lenguaje que es, a la vez, la Historia y la posición que se toma frente a ella” (Barthes, 2013), no solo del autor, sino del lector que encuentra la satisfacción más elocuente cuando descubre que puede ir más allá del lenguaje que literalmente aparece en el texto, para saborear esa inferencia que le nace frente a la posición tangible, sugerente, imaginativa, ficcional, subjetiva u objetiva, ideológica y dialéctica de ese campo de escritura que genera el escritor o especialista en el tema escrito en alguna de las disciplinas que son de su competencia.
Ese ir más allá del lenguaje: sugerente, incierto, de observancia, de pertinencia o de lo que fuere, en el fondo, se trata de un lenguaje generativo en sus múltiples variables de planteamiento escritural que hace alusión, en palabras de Edgar Morin, a las mismas cegueras que el conocimiento genera desde el error y la ilusión, para enfrentar las incertidumbres a través de los principios de un conocimiento pertinente, cuyo objetivo, directa o indirectamente, nos plantea cómo aprender y enseñar la condición humana, la comprensión, la identidad terrenal y la ética del género humano desde las dos grandes finalidades ético-políticas, que tienen por pertinencia “establecer una relación de control mutuo entre la sociedad y los individuos por medio de la democracia y concebir la Humanidad como comunidad planetaria” (1999), de manera que sea factible “trabajar para la humanización de la humanidad” desde los diferentes frentes culturales, sociales y educativos que actúan conscientemente y trabajan sin mayor ruido que no sea el de generar nuevas realidades y posibilidades para enfrentar la coexistencia planetaria de la naturaleza, en medio de un ecosistema que, por la irresponsabilidad humana, se debilita cada vez que la producción de riqueza se la adquiere de manera deshonesta.
Desde luego, el esfuerzo de los escritores, de los investigadores, de los humanistas, de los científicos, de los artistas, de los docentes, de los religiosos y de la gente de a pie que actúa política y democráticamente con sabiduría, es decir, desde la más rebelde humildad educativa, tiene que verse consolidada por la actitud racional, filosófica, pensante, dialogante, del lector que, en un principio, sabe que, “la escritura y la lectura son formas de comunicación que interactúan de manera permanente; se escribe para leer, se lee y se compara, se analiza, se sintetiza, y en la medida en que interioriza lo leído, se está en posibilidad de expresar por escrito el propio pensamiento y de crear formas únicas y personales de escritura” (Tejeda, 2012).
Pues, la fase de interiorización y de creatividad lectoras son las que nos deben encaminar a la potenciación de un lenguaje generativo, propio, novedoso, desde la palabra que puede hacerse eco de una fraternidad universal para la conformación de una nueva alteridad en la educación planetaria, en la que el texto y el lector, asumen composturas de interrelación desde el espacio íntimo a la conformación de un espacio público y de democratización, entendidos como “un proceso en el que cada hombre y mujer puedan ser más los sujetos de su destino, singular y compartido (…) por medio de la lectura, aunque sea episódica, [en la que podamos] estar mejor equipados para manejar ese destino, incluso en contextos sociales muy apremiantes. Mejor equipados para resistir a algunos procesos de marginación o a ciertos mecanismos de opresión. Para elaborar o reconquistar una posición de sujeto, y no ser solo objeto de los discursos de los otros” (Petit, 2008), como el de la virtualidad que no nos permite actuar para pensar.
